jueves, 15 de febrero de 2018

El mundo según Lunática - Epilogo

Lunática

Me resultaba fascinante como una persona se hundía fácilmente en problemas. Nunca fui partidario de la frase: “A mal tiempo buena cara”, pero no rechazaba totalmente la idea a hundirme en un vaso de agua, lo curioso radicaba en que creía que nadaba contra la corriente y en realidad dabas vueltas en círculos dentro del vidrio de aquel vaso. Una mañana estaba a punto de casarme y a la siguiente me encontraba una absoluta oscuridad entre sombras que por piedad me ayudaban a cruzar la pista. 
-Me asustas cuando te quedas mirando al techo…- dijo.- No debes forzar tu vista.
-Me cuesta acostumbrarme aun.-respondí, tomando su mano.
Mi aventura había comenzado en enero del año pasado como un errante cobarde en un pueblo al lado de un inmenso mar casi tan grande como la desesperación de mi corazón. A las semanas un ángel caído disfrazado de una estúpida vecina se había empañado en fastidiar mi vida. En un mes me encontraba no solamente cansado de mi vida y lo irritante de aquella loca que cantaba cada madrugada. A las semanas me había vuelto loco a mí y acepte ir con ella a donde me llevara. Viajamos en elefantes y ella me mostró una ciudad dorada y mágica que no recordaba. 
Nuestros mundos eran el mismo, pero el de ella era distinto. 
Pasaron dos meses desde que llegué a Pucusana y ya con ella en Lima nuevamente, conocí a personas tan raras y que resultaron importantes. “Volverás a ser el patán que todos queremos”, dijo ella quien se negaba a decirme quien era cuando ya lo sabía y solo era una lunática. Una vez que había caído tan bajo ya no podía ir más y solo quedaba levantarme, ahora entendía que eso quiso decir. 
-Prepararé el desayuno- dijo levantándose.- José Manuel dijo que te traería los documentos de la compra de su carro a las 11. 
-Esa hiena gorda…- suspiré y la busqué con la mirada.- Sabes… me gusta mucho tu trasero.
Era de chiste verla cubrirse la delantera con una de las sabanas y dejar su retaguardia al aire. Era muy obvio que estaba orgullosa de su firme, suave y dulce trasero. 
-Mañoso…- dijo tapándose con la sabana hasta tomar su bata.- ¿Se ve mejor de lo que imaginabas? Jajá.
Me alegraba tanto de no haberla perdido. Mi mejor imperfección, mi nueva vista, la mujer de mis sueños y un gran etcétera. El que fue hace años el amor de mi vida y hace menos de un año reafirmaba esa posición en mi corazón. 
Durante ese tiempo que compartí con ella, antes de saber quién era. Me había mostrado otro mundo en cual podía ver a pesar de mi ceguera. Era extraño pensar que la mente humana podía llegar tan lejos y la mía había llegado gracias a ella. Sin embargo, lo que veía no era más que el aura o la sensación de cada parte del mundo. Una ilusión, un espejo. 
“El espejo de la luna”, comentaron aquella vez. Pero aún más extraño que eso era aceptar la idea que había alguien más que era yo.  Nunca podré olvidar a Giancarlo y José Manuel, sobre todo al primero quien incluso sabiendo que moriría lucho contra ello. 
-¡Amor, ya está el café!- escuché gritar a Galia desde la cocina. 
Me alegraba mucho que aún le gustará el café. Y entonces la nostalgia atacaba. Era complicado pensar en ella y pensar en la antigua ella. Había muchos sin sentidos en mi vida desde aquella vez, pero cada día a su lado reafirmaba que era más de lo que esperaba y probablemente merecía. 
Me puse de pie y me dirigí hacia el baño. A juzgar que Galia se había levantado a hacer el desayuno y no espero a que yo lo hiciera, debían ser cerca de las 10. En una hora o menos llegaría mi cliente, quien quería la custodia total de su carro. Era domingo por la mañana y aun no me acostumbraba a tener que usar lentes de sol en mi propia casa pero mi vista aún era débil.
Pasaron dos meses desde que encontré a mi querida Lunática nuevamente. Y una vez más nos perdimos del mundo dos meses más en aquel pueblo pescador que tan buenos recuerdos nos nada. Conversamos, reímos, peleamos, nos amamos y en menos de los que esperábamos ya todo era normal.
“¿Entristecerse?, aquella noche en la que terminaste con mi vida, Pietro me dijo que era mejor enloquecer que llorar”, fue la excusa que me dio para su nuevo yo. “Veo que eres muy amiga de Pietro”, respondí y a los segundos me tomó del cuello del polo y con una mirada fulminante. “No me vengas que soy muy amiga de Pietro que te arranco tus estúpidos ojos quemados”
Entré al baño y prendí la ducha. A los segundos el agua recorría mi cuerpo. “Me gusta como soy ahora. Una perra drogadicta muy infantil”, agregó durante aquella noche en la que por fin éramos nosotros nuevamente. El agua siempre me había ayudado a pensar, esa fue una de las razones que escogiera la playa para mi exilio. Efectivamente no funcionó bien y terminé ciego.  
Luego de vivir dos meses más en aquel lugar. Ella decidió que era hora de regresar y lo acaté. No me agradaba del todo la idea, pero no todo podía ser sexo, playa y diversión. Ella consiguió trabajo y yo con ayuda de mi familia comencé a tratar mi vista. Al tercer mes salí con Kelly y me disculpé con ella, la pobre nunca tuvo la culpa de mi reacción tan infantil, Galia no me hablo una semana por ello.  
Ambos éramos querubines de aquel mundo ilusorio; sin embargo, ya nunca volvimos a tomarle la importancia de un comienzo. Galia se dio la oportunidad, aprovecho que no planeamos tener hijos hasta los 30, y empezó a estudiar Literatura como en un comienzo. Ella amaba los mundos que creaba; sin embargo, sabía que no era sano para ella perderse en ellos y descuidar la realidad. 
Yo conseguí un trabajo en una notaría como abogado con algo de vara por mi madre. Me mantuve unos meses y luego llego la oportunidad que esperaba. 
“¿Me vas a dejar de nuevo? Eres bien mierda, Santos”, me reclamó esa vez. “Me temó que solo será unas semanas”, le respondí. Durante el tiempo que estuve en tratamiento poco a poco pude recuperar levemente la visión y uno de mis primos me había conseguido un tratamiento en Argentina. Él me había comentado que  su novia había sufrido una quemadura por químicos en la empresa donde trabaja y le pudieron restaurar la vista. “Recuerda, que donde sea que vayas te encontraré.”, dijo antes que la abandonará. 
“No te dejaré”, le respondí luego de abrazarla. Ella usaba su traje de enfermera, tenía turno y no podría despedirme en el aeropuerto. Galia había sido la aventura de mi vida y también el final de mi viaje, mi mejor obra. “Mi mundo siempre has sido tu”, le dije y mostré aquel mundo precioso que ella me enseño. Aquel mundo que deseaba ver nuevamente con mis propios ojos a su lado, el mundo de mi Lunática. Noté levemente expresiones en su rostro. 





No volvería a entrar al espejo. No la volvería a ver hasta que fuera con mis propios ojos. 
-Siempre te demoras demasiado bañándote.- dijo mientras nos sentábamos a desayunar.- Peor que una chica. 
Ya había bajado a desayunar. Ella había preparado huevos revueltos y su asqueroso jugo de zanahoria para mí y ella tomaba un capuchino. 
-Aun no me acostumbro a ver.- respondí mientras tomaba de un solo sorbo el nauseabundo elixir para mi vista. - ¿Tienes guardia hoy? – consulté.
-No.- dijo a secas.- Sabes, nuestra hija se llamará Cafeína. Es una suerte de nombre maternal y si no nos llevamos bien, por su nombre no dejaré de amarla. 
-¿Eres consciente de las crueles bromas qué sufrirá?
Durante mi estancia en el país gaucho había recibido unos varios tipos de tratamiento y con medicina había logrado recuperar la vista. Si bien no podía ver con claridad era cuestión de tiempo de ver nuevamente. Muchos se asombraron de mi estado y fue un dolor de cabeza para los médicos tratarme. 
Regresé a mi país, Perú, y lo primero que hice fue ir a su casa y quitarme las vendas. Tristemente ella no entiendo que lo primero que quería ver era a ella y junto a varios amigos y familiares para recibirme. Solo pude distinguir el merengue de la torta claramente, el resto era un montón de caras borrosas. Y en vano me esforcé que fuera ella.
-Será una chica fuerte.- respondió.- Sacará el carácter de su madre.
A las semanas de regresar y recuperar mi trabajo en la Notaria. Nos mudamos juntos a un departamento que pagábamos a medias. Durante el primer mes dormíamos en un colchón tirado en el piso. 
-La tendré que meter a un convento.- dije tomando un sorbo de café.- ¿Cómo le va a Yliana?
-Ella es la más emocionada.- respondió.- Pues reniega de no poderse casar,  ya que tu cliente aún no se logra divorciar. 
Al año de rencontrarme con ella, nos estábamos comprando nuestra primera cama. Ninguno de los dos volvió al espejo, ya no era necesario. Nuestros mundos estaban unidos.  Hoy cumplimos un año de vivir juntos y ya tenemos una casa decente. 
-No es culpa que no conciliaran en su momento.- respondí.- ¿y tú cuando te planeas casar? 
-Tu no aprendes, ¿No, Santos?- dijo en tono burlón, amaba cuando usaba ese tono.- ¿No intentaras quitarte el oído o cortarte la lengua cuando te deje? 
-Ten por seguro que me quedaré con él bebe. 
Hace un mes Galia tuvo un retraso. Tiene tres semanas de embarazo. 
-Ya lo veremos, siempre estoy tres pasos delante de ti, amor.- dijo terminado su café.
Estamos a puertas de iniciar un nuevo mundo, juntos. Fueron dos años maravilloso en los que agradezco haber conocido el mundo que ella me enseño y haber recuperado el mío.   
-La próxima vez, te ganaré. 

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