jueves, 14 de diciembre de 2017

La segunda luna - Capítulo 3

Noche gris

Gris
La ceremonia comenzó luego de disipar algunas dudas de los festejados. Ellos no sabían de la existencia de lugares como aquel palacio de piedra donde se encontraban. La excusa barata del 4° era aquellas edificaciones ya existían, apenas descubiertas y las reservaban para eventos importantes. 
Las parejas se disponían a bailar el vals, fueron al centro de la pista. La máxima autoridad de aquella nación los observaba, Saru se encontraba en la parte de arriba junto al resto de maestros.
Inicio la canción con los soplidos de una anciana sobre un jarrón, el choque de unas piedras y Miru cantando. 
Usui era amigo de Adrián y Kaname, de Micaela. Los cuatro habían llegado juntos y ahora se disponían a bailar entre otros graduados entre los que destacaba Ai, quien observaba a los jóvenes de mirada excéntrica con recelo. Determinando un momento algunos maestros acompañaron en la danza, seguidos del mismo Saru.
-Ese tipo me cae muy mal- comentó Micaela.
-Tranquila, Ektsuko.- respondió su pareja. 
La tarde iba tan perfecta pero en los alrededores del palacio yacían dos sombras grises que se acercaban lentamente. Cada nación tenía un grupo de rebeldes con ciertos conocimientos demás que el que se permitía para el pueblo. 
Los guardias notaron las irregularidades entre sus subordinados y ante la sospecha avisaron al 4° sobre posibles problemas con algún grupo terrorista. Hace algunos años se acusó de traición a la segunda Luna a un hombre, el cual poseía habilidades extrañas.  
El ambiente se tornó tenso al momento que Saru, el 4° se retiró de la fiesta. Segundos después una luz cegadora invadió la sala. Se escucharon pasos y los presentes comenzaron a gritar. Micaela caminó con cuidado y entonces sintió que le tomaron la mano. 
-Tu si puedes ver…- escuchó. Ella inmediatamente abrió los ojos sonrojada y había dos personas frente a ellos. Ambas cubiertas del rostro y con armas punzo cortantes en las manos. 
-¿Quiénes son?- consultó Micaela. 
-Solo vengan con nosotros y nadie saldrá herido.- dijo uno de ellos extendiendo su mano.
-Te ordeno que salgas de mi vista o atente a las consecuencias- dijo el 4° poniéndose entre ellos.- Ustedes, vayan a fuera. Los escoltaran a su nuevo hogar de una vez, 
-El más corrupto de todos los gobernantes…- dijo el aparente líder quitándose el pasamontañas.- Saru, Saru… hasta cuando continuaras con esta farsa. 
-Lárguense de aquí.- Reafirmó el 4° 
Adrián jaló del brazo a Micaela corriendo hacia adentro. El compañero del terrorista los siguió inmediatamente. 
-Bueno, siempre quise matarte. 
-Siempre fuiste un asqueroso rojo, Aníbal.- respondió Saru.- No permitiré que detengas nuestro progreso como nación. 
- ¿Qué estás dispuesto hacer?- preguntó. 
- Acabare contigo con mis propias manos.  
Aníbal emprende carrera hacia afuera, seguido por Saru. Los guardias restantes comienzan a evacuar a las personas. Pronto anochecería y se encontrarían en una gran desventaja. Los terroristas pueden ver en la oscuridad.
-Terminare con esto de una vez…
-¿Cuánta sangre derramaras para seguir con esta farsa?- gritó Aníbal rodeado de cadáveres. Habían acabado con los guardias antes de ingresar. 
-La que sea necesaria.- respondió pateando los cuerpos que le impedían el paso. 
Dieron cuatros pasos y empezó la pelea. Aníbal tenía ventaja en la velocidad, logró golpearlo dos veces en la cara y esquivarlo. Su apariencia era la de un hombre de 40 años pero se movía como si apenas llevara 19. Al tercer golpe, Saru salta hacia un costado y con una navaja aprovecha el momento e intenta cortarlo. Es consiente que perderá. 
-Te has vuelto viejo.- dijo caminado hacia él.- Lo curioso es que yo soy el que realmente envejece, viejo amigo. 
“Maldición, no puedo ni si quiera tocarlo.”, se recriminó mentalmente. Aníbal saca un pergamino de traje y lo observa sonriendo. Se reincorporó y también saca de su traje uno pergamino. “Si lo mató se termina todo aquí”
-¿Aun le tienes miedo a la oscuridad?- preguntó Aníbal señalando al cielo.- La noche llegó. Es la hora de jugar de los demonios, como yo. 
 -Aún tengo esperanzas.- respondió.- No volveré a morir pero tu sí. 
- Amigo mío, ya dominó mis siete pecados…- explicó.- y domino los poderes de ella también. Soy dios en la tierra.   
Dentro de la mansión Adrián había llevado a Micaela hacia el sótano. Usui los había seguido pero se quedó peleando contra el acompañante de Aníbal. Yami, ya a solas con Etsuko, se encontraba muy impotente. Quería salir a apoyar, Etsuko se encontraba muy preocupada. 
-Tu puedes pelear…yo soy la inútil.- dijo. 
Entonces, se escucharon golpes en la puerta. De pronto Usui entra golpeado, seguido del encapuchado. Adrián lo miró y su ira aumento. Sin embargo, Etsuko lo tomó de la mano y se lo llevó corriendo de nuevo. 
-Voy a tener que pelear.- dijo soltando su mano.- No son problema para mí. Y mi odio va creciendo aún más. 
- Pero…
-Escóndete.- ordenó Yami dirigiéndose de regreso hacia el sótano. 
En el sótano, Usui recibía una completa paliza. Su torturador lo pateaba en el piso. 
-¿Por qué lo hacen?- consultó a duras penas, ni levantarse podía.- ¿Qué ganan con estos?
-Es por la libertad. – Dijo sacándose la capucha.- Lo siento, amigo. Seras un mártir para nuestra causa.
-¿Pedro? Maldito hijo de puta…
Pedro, el exnovio de Micaela, tomaba un cuchillo. Usui se pregunta cuando y como es que su amigo se había unido a los terroristas. Pedro se arrodillo y con el cuchillo se disponía a matar a Usui cuando dejo moverse.
-¿Qué demonios?
-Ahora pelearas conmigo.- dijo Adrián observándolo con desprecio. Sus ojsos rojos reflejaban su odio. 
Aquella noche gris prometía teñirse del rojo del a sangre, la decepción y el engaño.  En las afueras, donde la oscuridad ya había cubierto todo. 
- Estoy suplicando poder al Dios, este uno de los siete pergaminos.- Gritó el 4°.- Existen siete arcángeles  y son siete las  armas divinas que dan al portador una gran ayuda en cualquier combate por una paga de sangre.
-Esto toma un giro inesperado.- dijo Aníbal cortándose tres dedos.- es un juego de dos. 
Saru de igual manera se cortó tres dedos y con el pergamino manchado de sangre una espada luminosa apareció. Sin embargo, aquella espada cayó al suelo y desapareció.  
-¿Qué paso?
 -Eres malo y crees que puedes usar algo para hacer el bien…- respondió.- Era un completo imbécil. 
Aníbal alzo una espalda rojiza contra Saru, el cual venia sus últimos segundos de vida en aquella noche gris. 


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