El mundo según Lunática - Capítulo final

Estrellas verdes

“Que estúpido”, pensé. Era un niño en su primera aventura, la primera que sentía disfrutaba. Era un soñador buscando a una princesa mendiga; un ciego, a una enfermera; un drogadicto, a su preciado aserrín blanco. Y en realidad solo era alguien que había metido la pata en más de una ocasión, más de las que podría recordar. En contexto llevaba equivocándome desde hace algunos ciclos. 
Lo más reciente, tal vez fue subestimarla. Y el de ella, subestimarme. 
No recordaba con claridad la última vez que pise Pucusana. Creo que había sido mi ruta desde la farmacia en la plaza de Armas hasta mi casa de aquel entonces, era de noche y algunos turistas se encontraban en parque conversando... otros iban directo al malecón a ver el mar. Cuando era niño solía encantarme aquella vista, pero esa noche aquella magia se había perdido. El mar olía mal, el frio me congelaba incluso los órganos internos y cada pescador durante la noche parecían ladrones. 
“Es sorprendente como funciona la imaginación de uno”, me dije o más bien recordé. Me visualice de noche en alguna playa desconocida junto a ella, mi viejo amor. 
Bajamos de carro y sentía la penitencia. Percibía algunos rayos de sol, escasos pero los sentía. Estire mi bastón, no deseaba ver mi híperrealidad, prefería llegar aquí tal como me fui, como un ciego. “¿Cuánto ha pasado?”, me pregunté. Mi mente daba vueltas como hámster en una rueda. 
-Son 16 pasos hasta el mercado, luego bajamos 24 hasta la municipalidad- dije. 
Alguna vez escuche de alguien, tal vez Cafeína, decir que cada estrella que veía representaba un sueño, una aspiración. Recordaba que esa noche el cielo estaba más oscuro de lo habitual. No vi ninguna estrella, en esa tenebrosidad no era más un zombie, que una persona. Me daba risa pensar en lo estúpido que era cuando llegue. 
-¿De verdad?- dijo José, con un tono incrédulo que solo en él me provocaba risa.-No jodas, huevon. ¿Cómo sabes eso?
-Los memorizaste… es cierto tu andabas ciego por aquí.- agregó Yliana.-  Diría que eres muy inteligente, pero solo un cojudo se quema los ojos. 
La última vez que vi el mar en realidad, me pareció muy feo y de mal gusto para quien lo creo. El color verdoso del plantón lo hacía ver nauseabundo y la decoración de botes de paseo y pesca lo lucia como alguna de aquellas calles horribles de la ciudad, de las peligrosas para ser exacto. Recuerdo que pensé que si algún día fuera dios. El cielo de la noche seria verde y el mar naranja. “Un adolecente”, era lo que era. 
-Quería vivir como un ciego decentemente.- respondí. De hecho me enorgullecía no haber dado pena, al menos las primeras semanas sin dolor, porque era un infierno el dolor.  
-En realidad como un huevon que se quemó los ojos.- respondió la elfa. Yliana solía ser muy cruel con aquel tema. Creo que era influencia de Lunática. 
Mi ego aumentó cuando escuché a Yliana y José Manuel sorprendidos, pues era de esperarse, no cualquiera podría recordar la cantidad exacta de pasos a todos lados. Trate de inhalar fuerte para luego superar, no debía distraerme tan rápido. Debía encontrar a Lunática lo antes posible, evitar que haga alguna estupidez e internarla en un centro de rehabilitación si era necesario. De hecho consideraba que este sitio no dejaba pensar a uno con claridad.  
-¿En serio?- reconsultó el gordito. 
-Son 32 pasos de frente para llegar a la plaza de armas, 15 más y estarás frente al mar, en el malecón.- respondí.- No debe estar lejos, es pueblo es pequeño. Si nos separamos tal vez cubramos más terreno. 
Habíamos llegado hace unos minutos. La brisa marina llenaba nuevamente mis pulmones, ese extraño olor a pescado, mar y excremento de perro me era demasiado nostálgico, pero tan satisfactorio. Eran una mixtura de sentimientos encontrados, sentía que regresaba como un héroe, cuando en realidad no regresaba muy diferente a cuando me fui. “Hasta que vuelvas a ser el patán que todos queremos”, recordé. “Parece que ya lo soy”, respondí internamente. Este pueblo fue mi hogar solo por algunos meses, pero realmente sentía como si hubieran sido años. 
El sol era bajo, lo recordaba más caluroso. Debía ser el invierno o el clima reflejaba lo que sentía en estos momentos.  
-¿Y dónde chucha puede estar?- preguntó la hiena.- ¿Dónde vivían?
-Por el terminal pesquero.- respondí.- Pero dudo que este ahí. 
Recordaba que aquel día que vi el espejo por primera vez fue en el boquerón. Un extraño escalofrió recorrió mi cuerpo, ese lugar era perfecto para un suicidio, lo sabía porque también lo había pensando alguna vez. Los ojos me habían salido barato a lo que pasaba por mi mente en aquellos días. No era bueno recordar lo doloroso, más tratándose de mí, a veces podía ser muy inestable, incluso como la nueva persona que era aún podía sentir arder mis quemaduras arder. 
“¿Qué hubieras hecho, Giancarlo?”, me pregunté. Aquella habilidad de querubín era algo inútil para lo que necesitaba en este momento. Solo era un buen espanto de cuervos. 
-¡Habla pe reconcha de tu madre!- aquel gritó, me distrajo. José perdía la paciencia rápido o es que yo divagaba mucho hoy. 
De seguro lo segundo. 
-Perdón… la nostalgia. 
Los lleve directo al malecón, el pueblo era pequeño. No estaba tan lejos de casa, pero me asegure de perderlos entre los ambulantes hippies que vendían sus chucherías, de seguro ellos buscarían por su lado. 
Caminé un poco más rápido. A pesar no ser verano y tampoco un día festivo o feriado había una buena cantidad de personas en las calles. Recordaba que eran 22 pasos a casa y seguir la ruta hacia el terminal pesquero, el olor a pescado me indicaba que me acercaba. Si no mal recordaba los ambulantes de este lado vendían desde postres hasta ceviches frescos de hace una par de horas. 
Debía cruzar la pista y sentí que alguien me tomó del brazo. Creo que notaron que iba cruzar. Era lo que adoraba de este lugar. 
-Lo ayudó joven- escuché. Era la voz de una persona mayor. 
Las personas aquí eran más amables que en Lima.  
En teoría me debía encontrar en casa, aún tenía las llaves. Pero no deseaba entrar. “Viví con ella, ella tuvo acceso a todas mis cosas”, me dije. Cabía la posibilidad que hubiera sacado algunas copias de mis llaves. Caminé unos cuantos pasos a la derecha hasta sentir las mesas, él vivía ahí todo el año. Me preguntaba cómo le habría ido en ese tiempo, le había tomado cariño. Suspiré. 
-¿Tío Grau?- pregunté en voz alta. 
Segundos después, no tuve respuesta. “Tal vez se encontrara en el mercado”, me dije. 
-No esta…- escuché. De seguro era algún comensal. 
Caminé alrededor de 32 pasos sigua la izquierda, del otro lado del antro del tío Grau, siguiendo el camino de hacia el salón Blanco, un restaurant emblemático de por aquí que se encontraba en toda aquella esquina. Olía a madera vieja y añeja, el único dolor de cabeza eran los escalones en los pasos 27 y 31. No entendía la gracia de esas minigradas.
En solo 15 pasos más llegué hacia el restaurant el Boquerón. Olía a jalea de maricos acompañado del fuerte olor a mar. Me detuve un momento para sentir la brisa del choque brutal entre agua y rocas. Sentía que disfrutaba más de este lugar que otras veces. 
En nueve pasos más había llegado. Escuchaba fuertemente las olas reventar contra las rocas y el olor a mar era más intenso, un extraño olor a agua de mar posada y a cangrejos que no sabía cómo describir exactamente. 
Una ola reventó y sentía las gotas de mar en mi rostro. 
-¿Vendrías a Lima conmigo?- pregunté. Fue lo que escuche esa noche y pronto la vi, aquella persona sin rostro que me salvo de mí mismo.  
-No lo sé…- escuché.- ¿Qué tienes para ofrecerme?
Mi mente se quedó en blanco. Voltee pero no sabía si estaba al frente o atrás, izquierda o derecha. Estaba seguro que era su voz, deseaba reaccionar pero me sentía petrificado. Era demasiado buena para seguirme sin que lo notará, aquel día que decidí ir con ella pasó igual. 
-¿Lunática?- consulté apenas recobre el control de mi cuerpo. - ¿Eres tú?
“Qué clase de pregunta para más estúpida”, me dije. Era obvio que era ella.  Mi desesperación aumento cuando deje de escuchar, cuando empecé a sentirme como un loco que hablaba solo.  “Tal vez se fue”, pensé. No pude contenerme más y…
-¡Galia!- grité empezando a correr. No me importaba el escándalo, aunque debía abrir los ojos me negaba. Algo en mi me decía que no era necesario que los abriera. -¡Galia!
Empecé a dar algunos pasos torpes, mi pies salpicaban el agua empozaba en el asfalto debido al boquerón. Debía encontrarla. “Siempre voy a encontrarte”, aquella voz me motivaba aún más. Mis ojos amenazaban con lagrimear. 
“¿Por qué siento esto?”, me pregunté. Sentí un nudo en estómago, no eran mariposas, en realidad parecían cuervos queriendo salir. Mi cuerpo se escarapelaba con cada paso que daba, mis oídos parecían diferenciar cada número del sonido que escuchaba. 
“Nuestra historia es la de unos mentirosos, algún día nos diremos la verdad”, aquella voz era de Cafeína. Fueron un par pasos más antes de caer, me había tropezado con alguien, supuse que era ella. Puse mis brazos antes de caer, de pronto sentí aquel calor familiar… pero mi boca podía moverse. Sentía como si ardiera en fiebre bajo un hermoso sol veraniego, aunque fuera invierno. Mis sentimientos explotaban, se regeneraban y volvían explotar. Mi corazón era un fénix que deseaba salir. 




-¿Y cómo has estado?- escuché. 
-¡Rayos! No esperaba eso- dije.- No pensé en que decir cuando te alcanzara…
-¡Ay! Eres un idiota…- respondió. Su voz era algo quebrada y resentida. Entonces sentí un puñete en mi mejilla, me había dolido mucho pero seguía petrificado - Pues tú fuiste quien se fue… me dejaste con el cadáver de alguien a quien estimabas… Creo que “lo siento”, estaría bien. 
-Eso lo deberías decir tu…me viste la cara de idiota un buen tiempo.
Atiné a responder, me había dolido el golpe pero hasta cierto punto lo merecía. Entonces la vi. Abrí mis ojos a esa ilusión, aquel estado mental del que ella se enamoró y del cual quería salvarla. Era ella, mi lunática y sus ojos lloraban. 
-Bueno…hola, Santos.- dijo. Me levanté y la deje levantarse. Se limpió los ojos- ¿Cómo te ha ido? 
-Pues quedé ciego, una lunática me acosaba y me devolvió la vista de una forma ilícita.- respondí. Intentaba no sonreír pero me era inevitable, sentía que la había buscado tanto y estaba al frente. No me explicaba cómo, pero estaba perdidamente enamorado de ella, al tenerla tan cerca mi corazón explotaba, mi mirada quemada me daba calidez en vez de arder, mis palabras desaparecían y nuevamente lo confirmaba. Amaba cada una de sus virtudes y defectos sobretodo ellos que la hacían tan especial.- Gracias, Galia. 
-Lunática me gusta más.- dijo ayudándome a levantarme.- ¿Desde cuándo lo sabias? Tuvimos una gran aventura, aunque cambiaras de compañera al final. 
-José Manuel me lo dijo…ese día en Jirón- respondí. Aquello parecía un reclamo, pero no podía decir nada. Inicie esta rara odisea solo, luego ella me salvo y mis últimos pasos hasta volver con ella fueron gracias a Cafeína.- ¿Cambie de compañera? Me regresaste como a una mascota a su familia.
-Jaja, si de echo eso fue divertido.- agregó riendo.- Tus padres estaban muy preocupados. Cuando te vi, quise golpearte primero para quitarte lo estúpido. Pero algo en mí, hizo que te quisiera ayudar… disculpa por no ser del todo sincera contigo. 
Aquello me dio terror. Ese reencuentro fugas con ella y esas palabras fueron las últimas que escuche de Cafeína. Mi aventura aun no terminaba, me tocaba ayudarla.  No quería ser directo, porque sabía que lo tomaría mal y no deseaba hacer las cosas mal con ella. 
Ella finalmente me tomó del brazo. No dijimos ni una sola palabra en la que íbamos a la que solía ser mi casa, luego nuestra y actualmente de ella. 
La guitarra retumbaba, el cajón acompañaba y un par de cucharadas iban creando armonía, las mesas lloraban y el piso bailaba. “Cada domingo…”, sonaba y ella bailaba torpemente, su compañero en la guitarra era talento desperdiciado en los salones de clase de matemáticas. Era extraño, la sensación en mi cuerpo iba rugiendo a modo que deseaba saber si realmente bailaba mal como pensaba o lo hacía tan bien como recordaba. 
Sentía que el mundo no daba puntada sin hilo, mi vida me hizo perder la vista y lamentarme no verla, pero me permitía escucharla. De cierto modo veía cosas que no veía antes y lamentaba lo perdido. Suspiré.
“Cada domingo a las doce saldré a la ventana  para esperarte como antes después de la misa. Y en la esquina solitaria voy a ver a mi alma que espera tus pasos, buscando mis brazos y...”, presumía de su gran voz. Cantaba tan bien que sentía envidia de no verla en toda su gloria y agradecía no haberme hecho alguna estupidez en los oídos. “…sin tu sonrisaaa”
No solía gustarme el bullicio. Su voz iba acompañada de palmas y coros que en vez de aportar solo estropeaban su melodiosa voz. 
-Tú eres mío y yo soy tuya…- repetí.- Es raro no dejar de pensarla…
-¿Cafeína?- consultó Yliana.- Es natural, eres el único en casi un ciclo que no la eligió a ella.  
-¿No te da miedo que alguien manipule tu vida?
-No… es decir, sé que me molestaría si algún idiota se le hubiera ocurrido que mi brazo se atorara en la máquina envolturas y me dejara como estoy, o que se le ocurriera que me acostara con alguien que tenía sida. Pero, no puedo vivir con miedo a lo que pasara- explicó.- Tu amigo me quiere levantar y no tengo miedo de comérmelo y dice no tener miedo de mí. 
-Sí, contigo fueron muy perra.- respondí. La noche era fría, bulliciosa pero indescriptiblemente hermosa. La sentía así desde un antro de mala muerto al lado de una manca con sida y escuchando a un profesor drogadicto e irresponsable cantar al lado de una enfermera lunática con tendencias suicidas. – volveré luego. 
Caminé acompañado de la briza marina. “La locura hecha persona”, recuerdo esa frase en la descripción esa foto ridícula de ella con una maleta y riendo a carcajadas, que hacían evidentes sus problemas mentales. Kelly era una chica normal. Siempre me burle de aquellas frases de internet donde describían que la mejor mujer estaba loca. 
Y sigo dudando de aquello, pero no puedo negar Lunática con sus cambios de ánimo era encantadora. Lloraba y reía con facilidad que la envidiaba, era perfecta. Tan completa y compleja, que estaba seguro que era más lista, linda, atenta y mejor persona a lo que pudiera aspirar a ser.  
“Debes echarle más azúcar al café. Por eso eres tan amargado.”, recordé aquel desayuno. No me dejo caer pero tampoco me levanto. Me dio la fuerza suficiente de darme una oportunidad. La elegirá a ella una y mil veces, aun si ella no lo quisiese. Lo que hizo por mí, realmente nunca podré agradecerlo como se debe.  Mis ojos arden. 
Escucho las olas chocar contra las rocas. “Tal vez la necesito más de lo que ella a mí”, me digo sintiendo la brisa marina. Estoy en el boquerón del diablo y solo me queda meditar. Ya que, declararme sería estúpido. Solo la alejaría y ella apenas terminó con su novio.  Tal vez deba conformarme con evitar que le pase algo malo. 
-¿Qué haces acá?- escuche.- No me digas que aun quieres morirte. 
-Aun me debes un helado.- le respondí. Era extraño, algo en mi ardía fuertemente y me causaba dolor. Era dolor parecido al que sentí al llegar aquí pero me cautivaba. Era como si mi corazón quiera saltar directo al suyo. 
-Aquí termina nuestra pequeña aventura, Santos.- la escuche acercarse y sentarse. Supuse que estaba cerca alguna banca.- Cuando llegue aquí me dije que este lugar era precioso y luego te vi. Casi vomito. 
-Jaja.- reí. 
-Luego te seguí un día entero. Dabas pena, tanto que tuve que hablar a la vieja loca de tu madre- explicó.- Al día siguiente cuando te vi llorar en la noche, me preguntaba cómo era posible que lloraras con los ojos quemados.- suspiró.- Fue entonces cuando quise ayudarte, pero también tenía miedo. 
-¿Miedo a qué?- consulté. Sentí como se paró nuevamente. 
-Miedo a que alguien más manipulara mi vida. No quería aceptarlo…pero esa loca me aterro cuando lo dijo- respondió, traté de entenderla pero me era imposible. “¿Ella había venido con alguien?”, me pregunté.-  De hecho fui algo estúpida también. Ahora entiendo cuando dijo que no podría ser del todo sincera contigo. 
-¿Qué pasa?
-Jaja, lo siento. Debo ser más directa. – escuché otro suspiró.- Tenía miedo a que se me imponga enamorarme de nuevo de ti. Fuiste un idiota la última vez…pero tal vez verte hecho mierda me cautivo y al final ella tuvo razón. Tu…tu eres mio y yo soy tuya.
-No…
Parecía una broma de mal gusto, de hecho las piernas me temblaban. 
-Siempre nos reencontramos, no importa la forma. Parece que tenemos un amor muy fuerte, ¿eh?- dijo tomándome las manos.-  No seas idiota, soy yo. ¿No lo sientes como yo? Soy el recipiente de Hyuna, Cafeína. 
Mis piernas comenzaron a tambalear… mi ojos garuaban contra mi voluntad. Mi corazón estaba por estallar. Era ella… era imposible. Es que acaso todos me habían visto la cara de idiota en estos días. 
-No puede ser… no puedo procesar tanto…
-Jaja…- rio.- Siempre he estado tres pasos adelante, cabeza hueca. Como supongo tú también, quise ir en contra de lo que se me impusiese. – Entonces me abrazo.- No soy Cafeína y tú no eres Oráculo, pero te amo más de lo que ella lo ama a él. 
-Jaja…no puedo creerlo y mis malditas visiones…- dije respondiendo al abrazo.- Yo vi que te destruías y no quería permitirlo, ahora me siento un idiota.
-Yo tampoco podría dejarte caer… aunque no sepa cómo hacerlo. Estaría ahí para ayudarte… mi corazón exploto al verte en ese estado tan deprimente, pero no quería aceptarlo- explicó y la fuerza del abrazo aumenta. Sentía que ella quería dejarme sin vida.- Continúe con mi vida hasta que te volví a ver…fue perfecto para mi convertirme en tu lunática. No me importa si la vida esta impuesta, yo deseaba poder salvarte.
-Yo también deseaba salvarte…incluso si hubiera tenido que renunciar a esto.- respondí. – Eres odiosa pero adictiva, no puedo decir más que me gusta todo de ti. 
-¿Te gusta mi cabello?- preguntó. Entonces la vi, era Lunática y no lucia como Cafeína. 
Era una conspiración del destino o algún estúpido que no tuviera nada mejor que hacer. Pero fuera cual fuera la situación, me enamoraría de ella nuevamente una y mil veces. Aquella noche era distinta a cuando lo perdí todo, el cielo era verdoso y lleno de estrella. Aquella noche volvía a ser un soñador, había recuperado todo y sobre todo a ella. 
-Me encanta. 




El destino era un idiota, pero era buena onda. 
Ambos perdimos el camino y lo reencontramos al reencontrarnos. Éramos personas nuevas que conocieron una vida pasada, ambos estábamos aquí y ahora y sentíamos lo mismo. Era inútil negarnos u ofuscarnos. 
José e Yliana desaparecieron del bar cuando regresamos, el tío Grau nos felicitó, sobre todo a mí por dejar de hacerme el difícil, aunque en realidad era al revés. Ella había estado viviendo ahí y trabajando cantando en el antro. 
Aquella noche recordé lo que era vivir con ella. Su jugo de zanahoria era desastroso como las veces que lo había tomado. Su obsesión con Grillo no era más que un mero capricho. Cafeína llego a ella un mes antes de que me encontrara, ambas me vieron la cara. No importara la vida ella y Oráculo se reencontrarían y se volverían amar, no importaba como fuera. Apenas entendía lo que ellos sentían. 
-Creo que me podría quedar a vivir aquí… de hecho pensaba dejar mi Cv en la posta.- dijo.- No pensé que llegarías tan pronto, asumí que mi encantadora suegra no te dejaría solo. 
-Me preocupa que dirá la mía, cuando se entere. – respondí, recordaba que su madre me odiaba.- ¿Por qué las drogas si eras un contenedor de querubín? 
-Te estabas demorando…pues que lo haya sido no significaba que tuviera un acceso predilecto, contigo fue por la pérdida de tu vista. Bueno y ahora como querubín entras sin problema.  
-Yliana dijo que casi te violan…
-Eso fue adrede...- empezó a reír estúpidamente, yo me sentía ligeramente molesto.- Quería experimentar y pues le dije dónde estaba…
-Creo que iré a dormir. – respondí. “La primera pelea”, pensé.- No planeo sufrir en ese sofá nuevamente. 
-Yo tampoco planeaba que lo hicieras…




Su piel era muy suave, con apenas tocarla me estremecía. Mis cuatro sentidos restantes amaban todo de ella, y yo era adicto a ella. La verdadera droga que me llevara a un paraíso era ella. 
Aquella noche fue maravillosa. 


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