jueves, 24 de agosto de 2017

La segunda luna - Capítulo 1

Nómbrame violeta, bautízame verde 

Violeta.
Era una mañana tediosa. Una mañana de estudios. 
La base de toda sociedad era la educación, si bien todos llegaban a Segunda con conocimientos de sus vidas previas, se necesitaban educar sobre aquel nuevo lugar donde pasarían su nueva vida. Las denominadas escuelas no eran más que grupos de estudio o más bien apoyo psicológico. Las autoridades de las cuatro naciones se centraron en enseñar actividades de recolección y agricultura, defensa personal y otras disciplinas con el fin que la estancia de los recién llegados fuera menos tediosa.
Si bien la situación era caótica, con el tiempo la sociedad volvió a entrar en un rumbo. Las invenciones se limitaban a comida y vestido, más no podían acceder a avances químicos, genéticos, ni si quiera electrónicos. El simple hecho de construir algo era imposible. 
Aún más duro que eso era la carencia de luz. No existía la energía. 
Chocar dos piedras debía producir al menos una chispa…sin embargo, era imposible. El fuego no existía.  
Las clases tenían una duración de dos años. Se trataba que el sistema fuera parecido al de la primera vida. Los únicos desafortunados que tuvieron una educación de cinco años eran aquellos de ojos excéntricos, tanto Micaela y Adrián aprendieron desde lo más básico.
Era miércoles y Micaela acababa de salir de clases. Vestía un polo largo color turquesa, para ella era celeste, pero sus familiares decían que ese era el color, acompañado de un short negro. Tal vez tendría frio, pero no le importaba. 
Los familiares eran un conjunto de personas que la sociedad juntaba en viviendas para lograr alguna similitud con las familiar tradicionales. Ella llegó a un hogar de tres chicas: Una mayor, arrugada que siempre estaba cansada y decía querer morir de nuevo; la segunda era de la contextura infantil, sin embargo, era la matriarca y la de mayor edad; y, finalmente una mujer alta y morena que era una especie de segunda al mando. 
“¿Familiares? Pues tengo una pequeña hermana”, recordó. Micaela deseaba sacarlo de su mente, de hecho pensó que tal vez estaba bajo un hechizo de amor como los que había en la primera vida, pero no sentía amor. Lo que realmente la intrigaba era lo que le dijo sobre sentir. 
Micaela era prácticamente buena en todo a diferencia de otro tipo que no salía de su mente. “No siento nada y tu pareces sentir más”, recordó. Se tocó el pecho y continúo caminando. “¿Qué debí responder?”, se preguntó. Durante toda su vida, que apenas eran escasos 10 años con una apariencia de 17, se le había prohibido interactuar con él. 
Verde.
-¿Cómo sigues?- escuchó. 
-¿Eh?- alzó la mirada buscando a todos lados. Bajo la mirada y vio a una pequeña rubio de ojos avellana sonriendo.- ¿Sigues mal por ese idiota? Andas demasiada distraída.
-Miru, disculpa estaba distraída- respondió. Miru era su profesora y amiga.- No es eso. Bueno, estoy saliendo con el tipo malo.
Ella alzó la ceja. Micaela sabía que en realidad no salía con nadie, solo le había agrado conversar con él. Miru bajo la mirada y le sonrió, su apariencia infantil era divertida para la manera de cómo se expresaba y vestía. Ella llevaba un vestido blanco y el cabello suelto. Miru había muerto cuanto apenas tenía 11 años, solo recordaba que estaba viajando con su familia y de pronto todo era oscuro. Con los años que llevaba viviendo en Segunda, tendría 23 años y aún no ha logrado ubicar a su familia. 
-¿Pedro?- consultó.- No hay más malos que él. Créemelo, yo misma me acosté con él hace un par de años. 
-Eso no debería ser legal…-respondió Micaela sonriendo.
-¿Estas saliendo con alguien tan rápido?- preguntó. 
-No salimos, solo es alguien con quien me entiendo creo. 
El tema de las parejas en Segunda era algo muy libre. Es decir, Miru aparentaba 11 años; sin embargo, al ser mayor no era ningún crimen acostarse con ella. De hecho, muchos chicos deseaban salir con ella. Y ella consideraba que “la no es puta no disfruta”, como escuchaba su hermana mayor en vida. Estaba muerta después de todo y esa segunda vida era para disfrutar. 
-¡Já!- gritó la pequeña rubia.- No te deprimiste, eso significa que ya no te afecta tanto ese pedófilo…  
-Bueno… es incómodo hablar de esto.
Miro al cielo y nuevamente paso por su mente. “Somos nativos; sin embargo, creo que en realidad somos los únicos que están pagando algo. ¿No es más cruel saber que llegue aquí llorando por mi familia y ahora no tengo ni puta idea de que es una familia?”, aquella conversación. 
-Mantente alejada de los hombres.- dijo.- Así como Pedro muchos van a querer tener algo de ti. Y tienes la desventaja de no haber vivido lo suficiente para no saber cómo son en realidad. 
Suspiró y continúo con su camino. Adrián tenía razón, ellos eran los que verdaderamente estaba pagando algo. Algo que no podían recordar y por eso mismo tenían que sufrir la maldad acumulada del infierno conocido como Luna. 
No tenía ganas de ir a casa.  Y la oscuridad poco a poco bañaba el cielo violeta que ella observaba. 
Violeta. 
Ella solo recordaba haber despertado asustada. A los minutos las mujeres que la acompañaban la empezaron a llamar Micaela, ella no sabía por qué. Ellas le dijeron que ella hace unos minutos había dicho que ese era su nombre y que había estado gritando que quería ver a su hija. Aquellos recuerdos la atormentaban. Deseaba olvidar y dejar atrás eso, cosa que había conseguido hasta su decepción amorosa. 
Caminaba directo hacia ese lugar buscando paz. El pueblo lucia muy agitado como cada día antes que oscureciera entre frutas y verduras, luego la oscuridad apagaba toda actividad y las personas se escondían en sus casas excepto durante la luna llena de cada mes. Recordaba que siempre le decían que de noche salían los demonios o monstros y por eso no andaban durante esas horas. 
En realidad después de muertos aun le tenían miedo a lo que no conocían. 
-Son mentiras- se dijo. Y camino por el sendero de vegetación hacia el rio. –La otra vez no pasó nada. 
Aquella fatídica noche lloraba frente al rio y él apareció. Conversaron durante toda esa noche y no les había pasado nada. Lo recordó casiburlándose pues era mejor persona de la pensaba y de lo que le habían comentado. “Ese tipo es el diablo en persona”, recordó. “Es una maldición”, “Debería estar muerto”
Sonrió. Ya había llegado aquel lugar, y él no era una mala persona.  Era como ella. 
Verde. 
-¿Qué tal?- dijo al verla. – Casi anochece. 
-¿Pasas todas noches aquí?- consultó Micaela sentándose cerca al rio, él estaba del otro lado. – Fue divertido conversar contigo la otra vez.
Estaba ahí con un pantalón azul y una camisa negra. Observaba a la nada y parecía más un muerto en vida, que una persona que viviera por primera vez. 
-No, solo debes en cuando- respondió.- Luces mejor que esa vez. 
Habían pasado tres días desde que conversaron. Cada día la curiosidad de ella creció más por él. 
El silencio los invadió así como la oscuridad. Por un instante se dejaron de ver hasta que sus ojos se los permitieron. Fue como así que Adrián la vio aquella noche y supo que era ella. 
-¿Qué sueles hacer aquí?- preguntó ella. 
-Consolar angelitas lloronas- respondió. 
-Que chistoso…- dijo.- No era malo, pero todos te ven como algo malo… ¿Por qué estás bien con eso? – él levanto la mirada hacia ella de nuevo.- No entiendo porque lo aceptas, tampoco entiendo como hay personas peores y mucho menos entiendo que somos los únicos que realmente pagamos algo.
-Ya veo, te deje muy pensativa. – respondió acercándose. Saltar rocas en un rio para llegar al otro lado era algo que encontraba divertido.- Yo no tuve familiares al llegar, creo que por eso es que en el fondo los odio a todos ellos. 
-¿Por qué?- Eso sonaba macabro, no como hace unos días. – No eres culpable de tus ojos, pero ellos tampoco.
Entonces, Adrián se resbaló y cayó al lado de ella. En realidad no había sido casualidad, simplemente no encontró mejor maneja de deshacerse de aquel tema. Él simplemente no sentía nada por fuera, no era capaz de expresar sentimiento alguno pero dentro de él había: envidia, ira, orgullo, avaricia, gula, lujuria y pereza. En cambio ella…
-¿Estas bien?- le preguntó riéndose. 
Era todo lo contrario.
-Sí, solo quería ver que tan duro era el piso- respondió. 
Adrián se levantó. Y nuevamente se miraron. Rojo y blanco. Ella era tan pura y él tan manchado. 


-¿Mañana podemos salir?- dijo ella. 
-Claro.
-¿Siempre eres tan serio?- consultó. 
-¿Y tú tan escandalosa? 
Micaela le hizo un puchero. Pensó que a él le hacía falta un tacto, pero no tenía ideas tan descabelladas. Observó hacia el cielo, era oscuridad pura pero ella veía un tono violeta en ella. Se preguntó que observaba él, pero creía que él disfrutaba de su silencio. Las veces que se había cruzado con él carecían de sonido, era como si el mundo se silenciara ante él. 
-¿Cuándo nos iremos a la mierda?- consultó.
-¿Eh?- dejó salir un sonido.- No controlo las visiones, supongo que es por lo mismo por lo que no siento nada. 
-Sabes…- suspiró.- Aunque crea que te incomodo…
-No lo haces- interrumpió.- De hecho incluso es divertido. 
-Jaja. Debe ser porque somos parecidos. Los dichosos nativos. – se estiró y mojó sus pies en el frio, era conveniente que existieran las enfermedades.- ¿Somos amigos?
-Já.- miró al cielo también. Por su mente pasaron varias preguntas entre muchas de ellas aquel momento en el que se iban a la mierda.-¿Consideras inevitable el destino?
Micaela pensó que se refería a aquello que él era caos y ella, cosmos. Era estúpida, había escuchado de sus familiares que la religión lo era. Lo tomó del brazo y le sonrió. Él era una buena persona, no cualquiera hubiera aceptado aquellos terribles insultos que ella le dijo hace tres días. Observo el rio y sus pies estaban sumergidos en aquel verde iluminado de un violeta. La noche era fría, pero linda. 
-No. 
-Bueno. Entonces… ponme un nombre. 
-¿Cómo?- se asombró a lo que había escuchado.- ¿Por qué? 
-Dudas existenciales mías… -dijo.- Veras, quiero dejar ese pasado atrás. Ese del que no recuerdo nada, pero mientras sea Adrián no podré seguir. 
-¿Por qué yo?- consultó nuevamente. Él tenía razón.
-Eres la única que es como yo…- respondió.- Sonará estúpido viniendo de alguien diabólico por naturaleza, pero me agradaría ser “bautizado” por un intento de ángel. 
-Jajá.- rio.- Esta bien… yo te bautizaré, pero nómbrame la próxima vez que nos veamos. 
-Bien. Sera un pactó de amistad.- dijo.- Ambos dejaremos de atormentarnos del pasado e intentaremos no matarnos. 
-Tampoco nos tendremos secretos… 
-Eres estúpidamente ingenua, ¿no?
Violeta. 
Pasaron tres horas conversando hasta la mañana siguiente. Micaela regreso temprano a casa, todos aun dormían. Él por otro lado y miró a su hermana despierta.
El sistema educativo era intermediario y se encontraban ya en las últimas semanas, pronto esa generación de muerto se graduaría como habitantes de Segunda. Luego de aquello, la educación superior se definía en si lo querías hacer o no.  Con lo aburría de sus existencia, la mayoría optaba por dedicarse algo. 
Uno era libre de elegir lo que deseaba aprender. No era una gran gama de carreras, pero podías elegir entre ser profesor, guerrero, político, religioso, comerciante, agricultor, etc. 
Al par de horas de descansar, Micaela fue despertada por su matriarca. 
-Mica, llegó esto para ti. – indicó. Era un sobre blanco.- Es ridículo pensar que en la Tierra hacen huelgas cuidando los árboles y aquí las hojas aún se utilizan.
Micaela abrió el sobre y era una citación del gobernante de su nación Nueva Brejaña, Saru. Él era nativo de Mannix, el pueblo de los chicos de ojos raros, un exmilitar de apariencia de 25 años, cuando en realidad ya iba por los 178 años. Un tipo de barba y músculos exagerados. 
-¿Ahora qué quiere?- se consultó refunfuñando. 
 Se acomodó nuevamente con su manta y observó las paredes. Ella vivía con sus familiares aunque pensaba en las posibilidades de andar sola. Su grupo familiar tenía la suerte de tener una residencia decente. Una caverna lo suficientemente arreglada para ellas. Las viviendas eran desde cavernas, arboles exageradamente grandes o simples hoyos en el suelo. 
“Te espero el quinto día en mi castillo con suma urgencia.”, leyó y suspiró. Era agobiador tener que dar aquel tedioso viaje. Cerró los ojos y se imaginó volando. Sin dudar pensó que era una excelente forma de viajar sin tener que cansarse. “¿Ojos de ángel? Que chiste, sus alas me serían más útiles”, se dijo. 
-¿Saldrás hoy también?- le consultó su matriarca.- Si te vas a divertir procura que no te vean. Me meteré en problemas si andas de puta. 
-Jajá, no es eso.- respondió.- No te preocupes, Fio. Estaré bien.
-Está bien… recuerda que tu si eres perecible. 
Aquel mundo era un muladar. La naturaleza estúpida estaba tan presente que una gran parte de la población prefería suicidarse a seguir viviendo en aquel lugar, pero luego colgarse debía pedir ayuda para bajar de la soga. Nadie moría o no sabían cómo morir. La llegaba de Micaela indicaba tal vez piedad, algunos cultos hablaban e intentaron convencer a los líderes de crucificarla a sus 33 años y rogar por fin una vida decente. Y al llegar a Adrián, pensaron que dios era el malo y satán, el bueno. 
La duda radicaba en que si ellos podrían morir… la verdadera razón de su estancia en Mannix era que era un pueblo libre de fanáticos religiosos. 
Verde. 
-¿Quieres jugar?
Era la décima hora del día. El cielo lucía un verde azulado que reflejaba un violeta acuático en el rio. Adrián estaba parado en medio del rio y Micaela había entrado también. 
-¿A qué?- consultó. 
-¿Chapadas?- respondió.- Es sencillo, solo tienes que atraparme. 
Micaela no sabía que sus palabras podrían costarle caro. Apenas dio un par de pasos alejándose el terror se apodero de ella. No podía mover su cuerpo. Estaba estática, al perder del equilibrio cayó al rio y antes de ahogarse por completo estaba levitando.
Tocio y estaba a escasos segundos de gritar cuando empezó a moverse hacia él. 
-Creo que gane, angelita. 
-¿Cómo hiciste eso?- casi gritó.- ¡Casi me ahogo! ¿Tienes poderes?
-¿Tu, no?
-¡Deja de acerté el interesante!- gritó. Aquella actitud era como la de Pedro, de hecho era lo que a ella le había atraído de aquel mal hombre que solo buscaba sexo en ella. -¿Desde cuando tienes poderes?
-Desde siempre- suspiró.- Micaela… ¿Tú no tienes un pecado imperdonable?
-¿Qué quieres decir…?
Adrián la dejo en el suelo seco en la orilla y extrañamente sonrió. Era estúpido de su parte pensar que ambos estarían regidos por los mismos términos. Él era un dijo del diablo y ella de ese que hace llamar el creador. 
Ella ordenó sus ideas luego de un par de minutos incomodos. Se sintió superada y lo miró nuevamente. Lucia igual de siempre y eso le causo gracia. “¿Yo también podré?”, se preguntó. Se levantó y se le acercó, más de lo que él esperaba. “Tener poderes debe ser maravilloso”, pensó. Ella deseaba poder volar. 
-Mi pecado es haber nacido. Lo pago sin poder sentir nada… lo aterrador es que se que lo siento pero no lo siento.
-Explícate.
-Sé que tengo envidia de tu vida perfecta, pero no la siento. Sin embargo al pensar en ella…- sus ojos rojos tomaron un tinte dorado en las pupilas.- al pensar en esa envidia.- su mano se señaló hacia piedra de regular tamaño y ella empezó a levitar.- puedo hacer esto. 
-Es increíble… ¿Yo podré?- preguntó.
-Ni la más minina idea. Mi hermana dice que son los pecados capitales formados por mi pecado imperdonable. El pecado de todo humano, haber nacido. – Su ojos reflejaban aquella frustración. – La envidia me deja mover cosas, la irá me deja manipular tus sentidos, la avaricia me deja ver el futuro y aun no descubro los otros cuatro. 
-Jajaja, ya veo. 
Él no entendía de qué se reía ella.  
-Eres demasiada luz.- suspiró. Recordó a una vieja chica que huyó aterrada de él y entonces un escalofrió recorrió su cuerpo. Ella aún estaba presente en su mente.- Etsuko, niña de luz. 
-¿Etsuko? – De pronto empezó a sonreír y lo recordó.- Ayer hablé sobre significados y eso con mis familiares. Gracias por nombrarme, Yami. 
-Me agrada, Etsuko. 
-Muy bien, ahora ya que me enseñaste tus poderes. Yo te enseñaré a jugar a las chapadas, Yami. 


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