domingo, 30 de julio de 2017

La demonio, Akemi


Dedicado a quien nunca nació, quien nunca existió y quien nunca he extrañado ni un poco. Tanto que me ha acosado cada noche y mañana.  Comía y la veía, dormirá y la veía, cagaba y me pasaba el papel. No solo drogarme en casa, mucho menos días de semana, pero ella siempre estuvo ahí. Han pasado cuatro años desde la deje y la he llegado a echar de menos.
Una mañana intranquila me acordé de ella. Hubiera preferido ser un monstruoso insecto, pero la desdicha mía es que soy un bestial, intento barato de escritor.  Entonces, la vi frente a mí. Sola. Mi segunda hija, tal vez en realidad la tercera, la cobarde, hija de la insegura y ahijada de la mismísima muerte.
 “Los verdaderos demonios son nuestros miedos”, decía mi madre. “No hay mejor cosa que la que no se intenta”,  ella lo aprendió de mi abuela.  
Akemi nació, creció, engordo, sufrió, bajo de peso, se enamoró, fue rechazada y finalmente olvido.  Vivió rápido relativamente, y fue tan importante para mí que no me permitió escribir nada durante los próximos años, realmente la extrañe.
Ella se fue de viaje junto a mi fuente de inspiración. Su hermana mayor, la hija ilegítima que nunca verá la luz se llevó mi dolor. Su segunda hermana, su madre la insegura se llevó mi miedo a los demás y sus respuestas. Akemi terminó su viaje llevándose mis demonios pero a la vez aquellos que me inspiraba a teclear cual vicioso prisionero de un teclado y monitor.  
La verdad es que me encanta escribir y vivir así. En palabras que tal vez sin sentido me hagan feliz, que los eruditos de las letras criticaran como escritura tonta, comercial, insípida y carente de sentimientos porque simplemente hable de cosas que me importen. Debo decir me cago y les tiro excremento a cada uno de ellos.
Demonios internos, fue la última pseudonovela que escribí hasta el presente año que retomé a las letras. Una historia de un desamor y muy ante eso una historia sobre intentarlo. Porque como dijo mi madre y de seguro la de alguno de ustedes también. Solo hay dos caminos. Si o no.  

Gracias aquel que lo leyó y a ella que nunca existió más que mi teclado.  



Por : Giancarlo Sesarego.

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