domingo, 30 de julio de 2017

La demonio, Akemi


Dedicado a quien nunca nació, quien nunca existió y quien nunca he extrañado ni un poco. Tanto que me ha acosado cada noche y mañana.  Comía y la veía, dormirá y la veía, cagaba y me pasaba el papel. No solo drogarme en casa, mucho menos días de semana, pero ella siempre estuvo ahí. Han pasado cuatro años desde la deje y la he llegado a echar de menos.
Una mañana intranquila me acordé de ella. Hubiera preferido ser un monstruoso insecto, pero la desdicha mía es que soy un bestial, intento barato de escritor.  Entonces, la vi frente a mí. Sola. Mi segunda hija, tal vez en realidad la tercera, la cobarde, hija de la insegura y ahijada de la mismísima muerte.
 “Los verdaderos demonios son nuestros miedos”, decía mi madre. “No hay mejor cosa que la que no se intenta”,  ella lo aprendió de mi abuela.  
Akemi nació, creció, engordo, sufrió, bajo de peso, se enamoró, fue rechazada y finalmente olvido.  Vivió rápido relativamente, y fue tan importante para mí que no me permitió escribir nada durante los próximos años, realmente la extrañe.
Ella se fue de viaje junto a mi fuente de inspiración. Su hermana mayor, la hija ilegítima que nunca verá la luz se llevó mi dolor. Su segunda hermana, su madre la insegura se llevó mi miedo a los demás y sus respuestas. Akemi terminó su viaje llevándose mis demonios pero a la vez aquellos que me inspiraba a teclear cual vicioso prisionero de un teclado y monitor.  
La verdad es que me encanta escribir y vivir así. En palabras que tal vez sin sentido me hagan feliz, que los eruditos de las letras criticaran como escritura tonta, comercial, insípida y carente de sentimientos porque simplemente hable de cosas que me importen. Debo decir me cago y les tiro excremento a cada uno de ellos.
Demonios internos, fue la última pseudonovela que escribí hasta el presente año que retomé a las letras. Una historia de un desamor y muy ante eso una historia sobre intentarlo. Porque como dijo mi madre y de seguro la de alguno de ustedes también. Solo hay dos caminos. Si o no.  

Gracias aquel que lo leyó y a ella que nunca existió más que mi teclado.  



Por : Giancarlo Sesarego.

miércoles, 26 de julio de 2017

El mundo según Lunática - Capítulo 10

Los elefantes sonríen 

Me dolía la cabeza. La bulla llamada música eran agujas en mi cerebelo. Sentía que los odiaba a todos y el locuaz espejo me hablaba: “Tranquilízate hombre. No estas ebrio y mucho menos volando… No puedes volar con el primer hit”, suspiré y salí del baño turquesa. Las luces de colores aumentaban mi jaqueca y la cortadora estaba diseñada con maldad para embriagar más rápido. “¡Jala más huevon!”, recordé a Pietro. “Ese idiota”, me dije. 
-¿Qué pasa Santi?- escuché. Eran Natalia y Andrea, ambas estaban abrazadas. Había escuchado de Galia que Natalia tenía gustos distintos, para ser exactos ella la llamó tortera, y Andrea tenía un cuerpo muy apetecible. Galia era demasiado simplona. – Tu novia estaba vomitando en la cocina huevon… es una pollaza la cojuda. 
La cerveza junto al ron barato con gaseosa y el vodka con jugo de naranja hacían fluir con naturalidad las lisuras. Veía a los chicos saltando como si fueran conejos, lo curioso radicaba en lo que sonaba, era salsa. Imaginé conejos bailando salsa. “Que estúpido”, me dije. 
-¡Déjala, déjala, déjala!- vociferaban. Era extraña la letra de esa canción. 
Minutos antes estaba, con Pietro, fumando; luego este se perdió entre la gente. Yo me dirigí mareado hacia el baño. Recordaba haberme peleado con Galia, creo que me había intentado gritar por fumar marihuana y de seguro la había mandado a la mierda. “Que irritante es esa mujer”, pensé dirigiéndome hacia cocina entre hombres conejo, algunos ya hacían honor al nombre y estaban famélicos de sexo. 
Era una estúpida controladora. No recordaba con claridad que le había dicho. Caminé hacia la cocina, donde supuestamente estaba ella. La sala estaba llena de conejos salseros, llorones y tan calientes que se olvidaban que estaban en público. Al menos José Manuel, quien tenía su mano por debajo del pantalón de su novia y por lo que se veía hacia un buen trabajo, Jaqui estaba hasta babeando. 
-¿Galia?- consulté al entrar. El lugar era una jodida ratonera.
Ella estaba agachada con un balde al lado. Junto a ellas un par de chicos que ponían a hervir agua. El lugar era pequeño y apestaba marihuana con orine. “¿Galia se habrá orinado?”, pensé. Se notaba mal. Su maquillaje me recordaba a Penywise  y parte de su cabello estaba mojado, su ropa completamente arrugada y sus ánimos se reflejaban en su apariencia. 
-¿Qué mierda quieres?- respondió.- Vete… 
-Ya empezaste con tus estupideces…
-¡Como no me soportas!- gritó. Los chicos voltearon a verme inmediatamente.-¡Te llego al pincho, no!
-¿Quieres calmarte?
Los chicos salieron incomodos disculpándose. Al salir cerraron la puerta y me quedé con ella, quien me seguía botando como si fuera un apestado. Pasamos algunos minutos en silencio, solo nos acompañaba el sonido de la tetera, pronto estaría lista esa agua. Ella comenzaba a calmarse, había llorado mucho la pobre. 
-Odio que me trates así…- dijo.- Soy tu novia, no una amiga. Si no me soportas entonces déjame y vete a la mierda… no quiero que sigas conmigo por pena. 
-Cálmate. Yo lo siento, no quise decir eso. 
Ella me abrazó a media oración, luego recordé que nunca me había disculpado con ella, ni a mi más mínimo error. Había perdido un record, pero no importaba. Las cosas iban tomando un mejor rumbo. “¿Realmente quiero seguir con ella…”, meditaba con ella entre mis brazos. “O solo me he acostumbrado a ella?”
-Te amo mucho mi estúpido.
El amor eran cadenas disfrazadas de rosales. Estaba cansado de ella pero no me sentía capaz de dejarla. No la amaba, solo me agradaba saber que estaba ahí y que me la podía follar de vez en cuando. Me sentía una mierda al verla tan alegre y feliz; y sentirme tan vacío yo.  “Pura mierda”, me dije y recordé a Andrea. Ella tenía un bonito cuerpo, siempre en las fiestas lo lucia y no dejaba de pensarla. 
Galia se lavaba la cara para salir nuevamente. Yo trataba no pensar en nada, pero las diferencias llegaban a mi mente. La personalidad de Galia era  apagada; Andrea, atenta y prendida. Galia era delgada y pálida; Andrea, un cuerpazo y su piel más color. Sacudí mi mente, parecía que me había cansado por completo de ella o alcohol y la marihuana me hacían pensar en estupideces que me ponían duro. 
-¿Vamos?- dijo con una voz más calmada. 
Asentí. 
Nuevamente era golpeo por las luces, la cortadora y el bullicio.  Me sentía en un ring de boxeo y Galia era mi contrincante. Sus ganas de bailar eran como un par de directos y un jab en mi pobre cabeza adolorida.  Terminaba la canción y era el descanso de 20 segundos en donde llegaba la jarra con trago corto. Mi estúpida forma de pensar no me dejaba rechazar la bebida y continúe bebiendo y bailando. Eventualmente bese a Galia, tenía intenciones de ir a una habitación como hacia José Manuel, pero no se me paraba. 
-¡Qué lindo es verlos juntos carajo!- escuché a Pietro. Con un cigarro artesanal, de seguro lo acababa de armar se para a nuestro lado con la jarra. No había notado que Pietro literalmente se veía como un pastrulo. Pantalón sucio, camisa negra, barba y una banda en la frente como si fuera un vaquero o un ninja de Naruto.
-Si…- Notó a Galia incomoda.
-¡Debo ir al baño!- dije de pronto.- Te la dejo…
Los deje bailando y deseo irme, buscó con la mirada a Andrea pero no la encuentro. “Alguien fue más rápido”, me dije. Galia estaba bebiendo con el drogo. Suspiré y me senté. Había una chica extraña viéndome, no distinguía si era Estefanía o no. No recordaba que ella allá venido a la fiesta.  Me acerqué a ella y empezó a reír. 
-¿Estas bien?- dijo con picardía. Era muy linda, cabello corto y marrón. Usaba una falda negra y un polo amarillo sin mangas, sentía que se caía la baba. – Creo que has tomado mucho.
-No para nada…- le sonreí.- ¿Cómo te llamas? 
-Anda al baño y lávate la cara.
Ella comenzó a marchar y no pude evitar seguirla. Estaba hipnotizado, su belleza era increíble. No me importaba el resto solo necesitaba saber quién era. Estaba seguro que era amor a primera vista. 
Me desesperé y luego no recordé más. 
Solo sabía que esa noche bese a Estefanía frente a varias personas, que Galia me terminó y esa noche tuvo sexo con Pietro. A la mañana siguiente era libre, no sufrí por ella.  Fui extrañamente feliz, era independiente de ella y no me importo hablarle o intentar arreglar las cosas. 
Era domingo por la mañana, había tenido un sueño intranquilo y anhelaba en convertirme en un monstruoso insecto y salir volando lejos. No quería aceptar que la repentina muerte de Cafeína me había afectado más de la importancia que le había dado.  
Suspiré. No había entrado al espejo desde hace una semana. Solo me dedicaba a repasar aquella noche una y otra vez. Cada vez podía recordar mejor, mis recuerdos ya no se combinaban con los de los antiguos Oráculo. Deseaba recordar que me dijo Cafeína en ese entonces, que reacción tuvo Galia conmigo y como terminó en la cama con Pietro. 
Felipe Ribeyro había muerto hace 15 días, velaron su cadáver durante dos noches completas y a la tercera lo enterraron como él pidió en vida en uno de sus libros. En el cementerio de su cerro querido.  Lloré durante casi cinco días y sexto por fin seguí con mi vida. Fui al médico en el séptimo y le dieron falsas esperanzas a mi madre de recuperar mi vista. Durante los próximos tres días llegó una manada de familiares a verme, no tenía ganas de responderles a ninguno. 
Mi madre ingeniosa inventó que mientras buceaba en Pucusana, un erizo clavo sus espinas en mis ojos. Mi primo, el dueño de aquella casa donde viví, corroboraba la historia. Solo el entorno de mi familia nuclear sabían que era un imbécil al que el estrés le dijo quémate los ojos por amor y pues paso. Lunática no me dio señales de vida durante todos estos días. Mi mamá me expresó que había cambiado de número y no podía ir solo a verla, no me dejaba salir sin compañía. 
Al dieciseisavo día, me encontraba en mi habitación. Solo e intranquilo, aun no podía mantener la calma. “Santos ordena tus ideas”, me dije mentalmente. Desde hace días muchos pensamientos rondaban mi mente, repetitivos y estúpidos. Tal vez porque ahora mi mente era había adquiero otras formas de pensar o porque simplemente no estaba seguro de hacerlo. No sabía que decirle a Galia cuando la viera. 
-Es extraño- dije.- Estuve tanto tiempo solo y no me sentía tan solo como ahora que ya no lo estoy. 
Esperaba la respuesta de Cafeína, pero nunca llego. Ella estaba muerta, como lo estaba Giancarlo y eventualmente todos en algún momento. Mi madre trabajaría mañana lunes y podría tener un chance de escapar, eventualmente volvería pero debía hablar con ella. No podía seguir atrasando eso. Mi mente me gritaba que ella se había salido con la suya. 
Me había sacado mi infierno playero, me había convencido de volver a un lugar que odiaba, me convenció de darle una oportunidad a la vida, me enseño un mundo más bello que nunca pensé ver y me devolvió a casa, ella era perversa. Era insólito, “¿Había entrado en razón o me había arrebatado toda la cordura?”, pensé. 
Los eventos que se dieron luego de aquella noche en la que terminamos me parecían tan manipulados o es que mi forma de pensar había cambiado tanto a la de ese entonces. Sentía que vivía nuevamente bajo la voluntad de alguien más, alguien superior. “Tal vez tu eres un mundo mío”, recordé. Tal vez Giancarlo no estaba muerto y se cagaba de la risa sobre el rumbo que le daba a mi vida.”Já, ya quisiera eso”, me dije.  
Conocí a Yossy que me llevaba por el camino de las drogas; conocí a Enrique, un literato desquiciado, que me hablaba siempre de mundos, ahora noto que solo no era un drogadicto. Luego llegó Kelly, quien había sido mi cruz. Finalmente me quemé los ojos, me escondí de la vida y ella regreso. Me manipuló durante todo ese tiempo para volver a mi vida habitual, jugando conmigo lo logró. Deseaba con fuerzas inmensurables patearle la cara Galia cuando la volviera a escuchar o sentir. 
-¿Se puede?- escuché. Me levanté de mi cama inmediatamente, no era la voz de mamá.- ¡Caray, muchacho que buena vida la tuya! Yo como tarado debo revisar exámenes y tu feliz durmiendo hasta el medio día. 
-Esto si es una sorpresa- dije.- ¿Cómo has estado, hiena gorda?
-¡La tuya!- respondió.
-¿Qué cosa?- parecía que mi madre también estaba en la habitación.- ¿Qué pasa, José?
-¡Disculpe señito linda!
Me alegraba escucharlo. 
Luego de unos segundos mi madre se fue. No sabía de qué hablarle a mi rechoncho amigo. Por instante pensé que me aliviaría más saber de él, pero en realidad solo quería preguntarle por Galia. “Hey, ya he superado esto”, me dije. Me parecía raro que él no dijera nada. “¿Estará haciendo caras o revisando mis cosas?”, me era complicado memorizar mi actual habitación, ya que no pretendía entrar al espejo en mi casa, sería muy raro de mi parte. 
-Sabias que se te murió la novia, ¿No?- escuché detrás de mí, yo estaba en la cama y él aparentemente en mirando por la ventana. Sospeche que hace algún tiempo Giancarlo ya le hubiera comentado sobre Cafeína. – Fui a su velorio con Galia e Yliana. ¿Sabías que terminó con Grillo?
-Esa chica se ha vuelto muy astuta con los años.- respondí. Literalmente me había visto la cara de idiota durante dos meses, casi tres.- ¿Preguntaron por mí? ¿Tu sabias esto? 
-Nos comentó que volviste a casa noma.- respondió, pero había un tono extraño en su voz. – La vaina es otra… Yliana me llamó ayer diciéndome que no sabía nada de ella desde hace casi una semana. Buscamos a Grillo y no estaban juntos. 
-¿Su casa?
Sentí un horripilante escalofrió subir por mi espalda. Mi mente me transporto a aquellas visiones que había tenido. Su aureola rota, ella completamente perdida. No quería imaginar eso, pero era inevitable. “Salvaré a Galia de ese destino”, recordé las palabras que le dije a Giancarlo cuando acepte que me enseñara a ser él. “Sí que me está saliendo todo mal”, me dije.
-Se retiró hace cinco días del cuarto. Yliana conocía la casa de sus padres, cuando fuimos solo sabíamos que ella dejo sus cosas ahí y desapareció. Su mamá ya puso la denuncia por su ausencia.- “Carajo”, me dije. José tomó una de mis manos, esperaba no fuera una declaración de amor.- Oráculo, dime dónde esta… ¡Tú debes saberlo! ¿Está bien?
-No tengo ni futa idea…
-No jodas, tu había atracado a Giancarlo por evitar que le pasara algo malo, ¿no?- aquello lo había sentido como un reclamo. Que José Manuel no hiciera ningún tipo de broma, reflejaba lo preocupado que estaba.- ¿De qué la querías salvar? Trata de recordar tu visión y danos pistas. En el peor de los casos, tú la debes conocer mejor que nosotros. ¿Nunca insinuó nada de irse?
-No creo que vaya quemarse los ojos…- dije. Era un comentario estúpido pero era lo único que se me ocurría.- Ella planeo todo mi regreso a la sociedad, debe haber tramado algo y nos preocupamos en vano… al menos eso quiero creer.
-¡No! Porque es una estúpida drogadicta… ¡se largó de su casa sin nada más que lo que llevaba puesto!- casi grito. Los nervios me habían ganado, no pensaba con claridad. No reconocía las calles donde aparecía en mi última visión. Me maldije por no haber vuelvo a buscarla a tiempo. -¿Mano, de verdad no sabes nada?
-Ella…
-¡Ella necesita ayuda ahora! 
“¿Era un estúpido karma?”, me pregunté. Nunca me imaginé verme en una situación parecida a la que deje a las personas atrás. De hecho me sentía ofendido por esto. No podía confiar en ella, si en realidad era otra jugarreta. Ella era más hábil de lo que parecía. No había Cafeína que me ayudara, tendría que confórmame con ellos. Ella era un enigma, “¿Cuándo cambio tanto?”, me interrogaba. “Es cierto”, yo la había llamado “Lunática”
Suspiré y abrí los ojos. Me vi en el espejo y trate de pensar. Literalmente frente a mi había un espejo. Y me veía en aquel, borroso. Entonces, empecé a reír. 
-¿De qué te ríes, huevon?
El espejo era su mundo. Ella veía el mundo a través de ese lugar, donde sus sueños se hacían realidad. “Este lugar es hermoso. Ellos son mi vida”, recordé. Era chocante pero al momento que ella compartió esto conmigo… ella había aceptado que yo no era la persona que conoció, sino no lo hubiera hecho. 
Y yo no estaba enamorado de ella, mejor dicho, yo no seguía enamorado de ella. Yo no era él mismo de antes. Cambie cuando me dejo, cuando cambiaba de novias, cuando me dejaron, cuando entre al espejo por primera vez, cuando acepte a Giancarlo. 
-Jaja- reí. 
Si no me hubiera enterado que era ella… tal vez, podría haber deducido donde estaba. Era complicado, pero me encontraba viviendo en el pasado. No mi vida en general, sino en mi vida para con ella. No debía subestimar, fue estúpido de mi parte pensar que ella no habría cambiado en tantos años. Ella ya no era agua, sino aceite. 
Fui estúpido al pensar que seguía enamorado de Galia, cuando en realidad me había enamorado de la persona que me mostro un nuevo mundo,  de la persona que me dio la mano a pesar de todo lo que le hice. “Te ayudaré a volver a ser el patán que todos queremos y recordamos”, no seguía enamorado de Galia, me había enamorado de Lunática.  
-¡Te voy a sacar la mierda!- escuché a la hiena gorda, extrañamente no sonreía.- ¡Me estas llegando al pincho!
No escogí a Cafeína por Galia, sino por Lunática. Ella, como la nombre, fue la que me saco de aquellos días, fue la que me engaño para volver. Fue la que realmente se preocupaba por mí. Me había esforzado en superar mi pasado y mi cobardía pero había descuidado ese detalle. Cuando me entere quien era, olvide la esencia de la persona que realmente se podía atribuir haberme salvado de mí mismo. 
-Creo que lo tengo- dije. Los recuerdos se volvían claros de pronto. – Soy el rey de los tarados.
-¡Dime!
Luego de besar a Cafeína o al menos creer eso, Galia me tiro la cerveza en la cara y me abofeteo. A pesar de haberle prometido estar junto a ella, por costumbre, le falle. Pietro se acostó con ella, gracias a su despecho. Mi mente recordó a ella llorando, como aquellas de mis visiones. Estaba desmaquillada y desaliñada. Ese día nos perdimos y la culpa me hizo sentir que debía volver con ella. Pero nunca la volví a ver, así como ella nunca volvió a ver a ese Santos. 
“¿Dónde podría estar?”, pensé. Recordaba que la predicción no era difícil, no solo se necesitaba pensar un poco más. “Nos deberíamos casar en la playa”, escuché. Suspiré, aquella voz solo era más que una memoria pasada. “Veras que recuperaras eso que perdiste. ¿Apostamos?”, eso me había dicho aquella vez.
-Puedes dejar de hacerte el pinche interesante y hablarme.- dijo José. Pobre, debía estar perdiendo la paciencia- ¡Siempre haces la misma mierda!
-No estoy seguro, pero creo que sé dónde está. – respondí. 
-¡Dónde!- gritó. 
-La mar estaba serena, serena estaba la mar…
-¿Qué chucha hablas? 
-Vamos a Pucusana.- respondí. – A la boca del diablo, sino la encontramos a ahí. Nos fuimos a la mierda.
-¡Listo!- dijo levantándose.- Ponte guapo. Nos vamos en 10 minutos. Que seré cupido este día. 







No esperaba salir tan de inmediato, suponía que José Manuel le tenía mucho cariño a Lunática o tal vez lo hacía por Yliana. Tomé una toalla e inmediatamente fui a darme un baño, fingí demencia y me golpee con algunas paredes hasta llegar al baño. Me sorprendió la rapidez con la que mi madre aceptó que me vaya. 
-¡Santos ten cuidado!- la escuché. Ella no sabía que veía, tal solo una ilusión pero veía. Con saber al menos la forma de la casa no me golpearía. 
El viaje a Pucusana era de dos horas, en carro particular deberíamos poder hacerlo en mitad de tiempo. Además, José Manuel tenía trabajo mañana así que tendríamos que volver el mismo día. “No me caes”, recordé. Me genera una extraña sensación sentir que volvería aquel lugar, hace un tiempo solo soñaba con volver, ahora solo soñaba con verla ahí. 
Sentía nostalgia, también era domingo cuando me fui de casa con todas mis cosas. Tomé un buz “Maleño”, compré alfajores y gaseosa en ese entonces, además de comerme un viaje de dos horas. Llegué al mediodía, casi a la una y almorcé. Me instalé y preparé todo para el día siguiente.  Disfruté del día y durante la noche lo hice. 
Irónicamente me ardían los ojos, el estúpido champú se me había metido en ellos.  A los minutos fuera de la ducha, comencé a cambiarme. 
Esa noche estaba sentado sobre la cama, como ahora me cambia sentado sobre ella. Cogí el alcohol y me lo hecho en los ojos, dolió como mierda. A los segundos con un fosforo encendí el primero. 
-Eso dolio…- me dije. “¿Cómo fui tan idiota de hacer el segundo?”, me consulté. Terminé de cambiarme y con la ayuda de José Manuel salimos hacia la calle. Mi mamá me abrazó y deseo suerte.
Me preguntaba si no estaba cayendo en otra trampa. Era mejor no pensar en eso, después de todo trataba con una lunática. “¿Qué fue lo que más difícil?”, recordé aquella pregunta mientras desayunamos. Su jugo era tan rico como verdadera mi respuesta. Lo que realmente había sido más difícil era no haberme sentido mejor después de perder la vista. 
Emprendimos viaje a los minutos, las carreteras limeñas eran una mierda. Literalmente eran un excremento ante mis ojos. La forma de la ciudad cambiaba según mi humor, no había notado eso. Cuando ella me mostraba el mundo, veía lo que ella. Mi sentir era como él de ella. 
-José…
-¿Qué fue, mi rey?- consultó estacionándose. 
-¿Por qué paras?- repregunté. Entendía que no pudiera desconcentrarse mientras manejaba, pero eso era exagerado.
-¡Listo, vamos chicos!
Yliana había subido por la puerta trasera del auto. Debí suponerlo. Ambos respondimos el saludo y nuestro querido amigo volvió arrancar. “Genial, debemos haber perdido al menos 20 minutos de viaje”, me dije. 
-¿Ustedes sabían que ella me engañaba?- Consulté.
-¡Él que la engaño fuiste tú, puto! – respondió la pequeña elfa. 
-¡No me refería a eso!
-A mí me dijo muy tarde, ya te había dicho quién era ella. – escuché a José Manuel.-  Luego Oráculo me dijo que igual te lo iba decir, así que no me sentí mal. 
-Sí, ambos creemos que eres un chismoso- respondí. 
El resto del viaje fue una conversación amena. Lunática había pensado todo muy bien, no dejaba de sorprenderme. Sin embargo, un pequeño temor crecía en mí. No estaba seguro que sentía ella. Es decir, el destino me había prometido a Cafeína. Y yo la preferí a ella. ¿Qué me hacía pensar que ella iba aceptarme? 




Mi corazón no sentía temor de su respuesta, pero mi mente sí. 
Bueno, eso ya no tenía sentido. No iba dejar que se hundiese, aunque ella volviera con Grillo o se acostara con cuantas personas quisiera no me importaría. Al menos lograría sacarla de ese agujero negro en el que se hundía. Alguna vez escuche que de mi madre que el desinterés era la mayor prueba de amor, en ese entonces pensé que era estúpido…
Pero ahora entiendo que eso es tan cierto y bello, como decir que los buces interprovinciales eran elefantes de metal luchando por chocarse. Aun si era rechazado y si me odiara, solo verla lejos de ese mal me bastaría. 
Aquellos elefantes me veían por la ventana y sonreían.  




lunes, 17 de julio de 2017

La segunda luna - Prefacio

Negro y blanco


Negro. 
Un segundo antes estuvo desolado en una cama, y luego frente a un cielo estrellado. Había muerto y no era el paraíso, tampoco el infierno. No había sol, solo una luna y una extraña sensación de dolor. Antes de llegar a aquel lugar, nunca imagino algo que lo aterrara más que la muerte en sí misma y ahora lo recordaba. 
-¿Una segunda vida?- se preguntó. Su voz sonaba como un infante. 
Blanco. 
-Algo parecido.- le respondieron quienes lo rodeaban, personas extrañas a él.- ¿Tus ojos?- su voz se tornó levemente turbia, en el límite del miedo y el asombro. ¿Por qué son rojos?
-Solo sé que me llamo Adrián… ¿Qué paso? ¿Quiénes son ustedes? ¿Soy Adrián? ¿Pero mi mamá? No, mi abuela… ¿Tengo abuela?  ¡Qué pasa!
Negro. 
Un mundo de personas muertas, un sueño conjunto o la dichosa segunda vida. Un castigo tal vez para los no creyentes. “¡Ja!”, el buda tuvo siempre razón, dicen algunos. La verdad era aún más espeluznante, habían muerto y llegado a otro mundo y recordaban toda vida pasada. “¿Mis padres?”, “No pude suicidarme para esto…”, interrogantes de cada día acompañadas de un crudo dolor y arrepentimiento.  “Mi hijo acababa de nacer…”, “Me caso mañana”, “Debía pagar la hipoteca de la casa de mamá…”
¿Qué es más cruel que saber que has muerto y vives de nuevo sabiendo todo lo que dejaste atrás?
Blanco. 
Adrián Sánchez murió a los 72 años, el 12 de abril del año 2012. A los segundos abrió los ojos y no recordó su vida antes de llegar a La Segunda luna, o simplemente Segunda, y una excentricidad lo acompañaba. Tenía los ojos rojos. 
-¿No recuerdas nada niño?- le consultaron. 
-No…
Mitos y leyendas locales de aquel extraño lugar denominado Segunda indican que Dios le concedió a una niña llegada nacida los ojos de un ángel a cambio de su vida pasada para dar paz a ese lugar. Aquellos ojos eran blancos y puros.  Esa niña fue llamada Micaela. 
Un par de años después el niño con ojos de demonio, él se llamó Adrián. Ambos perdieron los recuerdos de sus vidas. Las únicas personas nativas de aquel lugar, pues no recordaban una vida anterior. 
Negro.
Segunda se desarrolló a la par de la primera vida, ya se iniciado una democracia hacía varios años y eran un total de cuatro naciones: Nueva Brejaña, Franlia, Argento y Neochin. Cada una compuesto por un conglomerado de pueblos. Sin embargo, su evolución era obsoleta. 
No podía crear nada. Tenían conocimientos de física, mecánica, ingeniería, literatura, psicología pero no eran capaces de implantar algo. La luz solo duraba 12 horas y luego desaparecía dejándolos en tinieblas. El fuego era imposible. 
Sobrevivían comiendo frutos de árboles, solo podían acceder a trueques y sus viviendas eran agujeros en la tierra, o cuevas. Eran personas obligadas a vivir como primitivos cavernícolas. Con el tiempo se crearon grupos religiosos con la esperanza de la misericordia de dios. Al pasar de los años aquellos mitos y locuras se hicieron realidad. Ellos llegaron. 
Blanco. 
Aquel pueblo en el ambos ´nacieron´ se llamaba Mannix, de Nueva Brejaña. Los que llegaban luego de su primera muerte aparecían de la nada, algunos decían que seguían la luz y aparecían en estos pueblos.  Pero tanto Adrián como Micaela, aparecieron a una corta edad y sin recuerdos algunos. Las únicas personas que envejecían. 
Los años pasaron y los niños crearon odio del uno al otro. El grupo religioso local, los Mormos criaron de ella como una diosa. Le enseñaron talentos y disciplinas de su primera vida con la esperanza que ella fuera la Jesucristo de Segunda. Micaela al ser muy linda y talentosa, tenía muchos galanes. La rebeldía de la adolescencia la alejaba de los Mormos, quienes deseaban tenerla como una diosa, una salvadora pero uno robo su corazón, el chico se llamaba Pedro. Sin embargo, Adrián estuvo solo desde el comienzo. 
Negro. 
Pedro en su vida anterior era un deportista destacado o al menos eso afirmaba. La segunda oportunidad ofrecía a uno mentir y ser famoso y popular. Lástima que el amor adolecente es estúpido. Pedro solo quería algo de Micaela y al conseguirlo la dejó. El sexo sin hijos era un regalo del cielo, que era lo bello de Segunda. 
-Los chicos locos…- comentaban al verlos. Era demasiado discriminador juzgarlos por sus miradas opuestas. Los líderes de las naciones prohibieron cualquier tipo de maldad contra ellos, no sabían que podía pasar y el corazón roto de Micaela fue un secreto a voces.  A estas alturas los ateos creían en dios, los religiosos mandaban a la mierda su fe y así era como Segunda se había convertido en una versión sin tecnología y limitada de la vida común durante la primera vida. 
Las cosas más simples son las más bellas. Adrián pasaba sus días caminando, soñaba con viajar pero estaba vigilado por los altos mandos de Nueva Bretaña. Él y ella a diferencia de resto de habitantes no conocían otra vida que no fuera esa. Volvían a experimentar una pubertad, adolescencia.
Blanco y negro. 
Una mañana intranquila, de esas en las que Micaela soñaba con ser un monstruoso insecto y escribir los versos más tristes. Ellos se vieron. 
-No deberías llorar…
No la odiaba, más eso quería. Si bien Micaela tenía fuertes sentimientos encontrados, aquellos envidiaba él. Adrián no podía sentir nada y sabía que eso le faltaba. Opuestos, blanco y negro era lo que eran. 
-¡Vete! – pidió ella. 
Micaela tenía el cabello largo y rosado, llevaba una trenza en un mechón rebelde al frente.  Adrián tenía el cabello oscuro, una piel pálida y mirada baja. Ella era clara y brillantes como un amanecer en primavera, él era oscuro e insípido como una noche lluviosa, paz y caos sin expresión alguna. 
Se encontraban frente a un rio, el cual aumentaba su cauce con las lágrimas de ella.  “¿Sentir duele?”, se preguntó el al verla. “¿No tener corazón es malo?”, se preguntó ella al verlo. 
- Eres muy engreída. – Él suspiró.- Este es mi lugar favorito. 
-Cállate… 
-Eres como un demonio, niña del cielo…
Siempre había querido conversar con ella. Era la única que podría entenderlo, era su gemela, el sello de su cara. 
-¡Por qué no te vas a la mierda!
-Veo el futuro de cualquiera que llora frente a mi… nos iremos juntos a la mierda, niña del cielo. – bufó.- Jajá- 
Ella perdería el corazón y él lo ganaría.