Los locos si van al cielo

Este cuento participo y fracaso en los Juego Florales 2014-2 de la Universidad Privada del Norte, bajo el seudónimo de Izumi Eien.

-¡Mefistófeles! – Gritó desesperado, mientras perdía por completo la movilidad de sus brazos. El fuego blanco de ese infierno lo consumía por completo. Lágrimas de sangre se deslizaban sobre sus mejillas. Estaba desesperado. -¡Mefistófeles!- Chilló nuevamente una vez más antes que los serafines lo callaran nuevamente. 
“¿Cómo fui a parar aquí?”, se preguntó. “Malditas competencias”, se recriminó. Estaba muerto en vida, custodiado por ángeles. En el infierno no había fuego, todo era blanco. La nada absurda tomaba un color y era algo sin dejar de ser nada.  
Sorprendido ante la invitación, Fausto Reinhardt, aceptó gustoso el nuevo reto. Juegos florales, era el nombre del evento. Nuevamente pondría su creatividad a prueba y era una buena oportunidad para aumentar su ego. Fausto era un hombre de gustos sencillo: Alcohol, tabaco y placentera compañía. Un hombre sin preocupaciones más que no sean de qué trataría su próxima novela.
Junto a un buen trago, con algunos habanos tal vez era suficiente para llegar hacia ese lugar, donde sus sueños eran realidad. Rendido ante el placer que podría darle esa sensación mientras tomara el rol de padre, monje, o lo que el carajo quisiera. Él era dios cuando escribía, ese poder lo complacía. 
“¿Por dónde comenzar?”. Se preguntó. Tal vez una buena infidelidad, dos cuerpos famélicos de placer carnal, que se unen en una oscura noche pecaminosa. Animales deseosos de sexo, carente de sentido común. Se vuelven, dejando a sus esposas en casa. Sus niños en la escuela. Mientras se penetran uno después del otro.
-¡Fausto!- escuchó la exclamación de quien era su esposa. La única mujer que conocía que le tenía celos a libros, el alcohol y cualquier objeto inanimado al que él le diera más interés que a ella. - ¡Me tienes harta!- Gruñó histérica ante el poco caso que le daba su actual esposo. 
-Deja de joder mujer- respondió aturdido, había perdido la concentración- No ves que estoy ocupado. 
-¡Siempre estas ocupado!- Recriminó una vez más- ¡Hasta cuando seguirás con lo mismo! 
“Bah”, son solo tonterías que lo desconcentraban. 
Largo a su mujer por décima segunda vez. Realmente no entendía porque se casó con ella o porque seguía con ella. Tal vez solo era pereza de terminar una relación de tantos años, que se fue deteriorando como su deseo por ella. Ya no era esa sexy mujer que conoció años atrás. Ahora estaba gorda, seguro producto de sus hijos, pero ya no le provocaba nada. Ya no lo inspiraba, había convertido en una carga, un bulto, una masa de carne deforme para él, que además de joderlo le quitaba su dinero para todo. 
-¡Algún día me largare y note quedara nada!- Poco le importaba, siempre escandalizaba con lo mismo. 
Ahora debía continuar, pero la infidelidad era un tema muy tocado. No podría ganar con algo tan cliché. Tal vez algo de maltrato matrimonial, claro podría escribir de cuando su esposa le puso agujas en el café o cuando él escondió una rata muerta en su cartera. “¡Cuando amor!”, había olvidado que era un romántico empedernido.   
Una tragedia romántica, de las que ya están pasadas de moda. Un amor que se convirtió en odio, de seguro Margarete se molestaría con él, si supiera que escribiría algo como eso. Dos bobos adolecentes enamorados del sexo rabo del otro. Ambos sedientos de sexo, él como un demonio, sometiéndola con sus juegos sucios , mientras que ella como el más puro ángel dispuesto a pecar, se deja llevar por sus bajos instintos. Histéricos, desnudos, irracionales pero juntos. No, eso tampoco… 
Después de tantos juegos sucios ese ángel se convirtió en un cerdo. Antes de cazarse que pensaba que la muerte de un familiar era el peor mal del mundo, pero la mujer casada era lo más cruel, oscuro y maquiavélico que existía. 
Nada de lo que escribía lograba convencerlo, tal vez sus habanos no eran muy buenos. ¿Qué pasaba con él? Trato de descansar, de seguro luego podría continuar, aunque no contaba con mucho tiempo, en tan solo siete días se darían los dichosos juegos florales.
Las horas se convirtieron en días, los que pasaba Fausto encerrado tratando de concentrarse. Escribiendo y arrugando hojas de papel, ya habría exterminado un par de bosques. Ninguna idea lo satisfacía, es que acaso ya se había inventado todo. Trata de concentrarse, su consumo de tabaco aumento, pero no le sabía a nada. El licor parecía agua en su boca. Nada de lo que usara podía lograr despertar esa sensación. Nada lo hacía regresar hacia ese lugar, hacia  ese mundo. Tal vez la bruja de su esposa lo había maldecido. 
Durante esos cuatro días, ella lo había dejado. Ya no recordaba porque, pero poco le importaba. Su situación actual era demasiado repugnante.
Los próximos dos días, la comida ya no lo llenaba, el licor seguía sin saberle a nada más que ha agua, los habanos eran como el humo de un palito de fosforo recién soplado. Su vida entera dependía de lo que escribía, al perder eso perdía todo. La desesperación se hacía omnipresente cual dios, en su vida. Un escritor que no podía escribir no era nada.
Devoró cuantos libros encontró en su hogar, intentando recuperar ese sentido pero nada le funcionaba, era un búho sin alas. Todo lo que se le ocurriera estaba hecho. Fausto estaba acabado. Orate, desesperado, histérico.
-Fausto – comentó con la última de sus obras en mano- Fausto – volvió a hablar, mientras un hilo de saliva bajaba por su barba.
Despojado de toda brillantes, de toda esperanza y completamente sumergido en un mar rojo de desesperación. Con todas sus fuerzas dio un grito al cielo. Que yacía después de su techo.
-¡Mefistófeles! , ¡Mefistófeles!
Llamo desesperado, completamente desesperado. Sus ojos rojos productos de la droga que fallaba al hacerlo llegar a ese lugar, ya no era dios. Ya no era nada. Y solo pensaba en Deux ex machina
-¡Mefistófeles! ¡Te ofrezco nuevamente mi alma!
No obtuvo respuestas, lanzó el viejo libro contra suelo. Se cogió de los cabellos y los jalo con tanta frustración e ira hasta arrancárselos. Lagrimas descendían por sus mejillas.
-¡Mefistófeles!
El repugnante silencio lo aterraba, completamente alterado cogió el  bolígrafo con el cual escribía, sin dudar lo clavo en su brazo, un hilo de líquido carmesí se deslizo por su brazo. Fausto lo siguió hacia el libro.
-¡Aparece Mefistófeles!
Se sentía completamente estúpido, era demasiado absurdo discutir con un libro. Completamente irracional, en qué demonios se había convertido…
-¿A qué tanto alboroto, que se le ofrece Sr.?- Escucho de pronto. Volteo a todos lados, seguía completamente solo en su estudio.
¡Insólito! La piel se le escarapelo por completo. No era posible, tal vez su esposa había hecho un pacto con él, nunca había sido lo suficientemente creyendo como que el diablo le apostara algo a dios con él. Ya estaba desvariando completamente.
-¿Mefistófeles? – Preguntó aterrado, no era posible. 
- Comienzas a ser un fastidio…
Inconscientemente sus pantalones se mojaron, por ese instante volvió a ser humano antes recaer nuevamente en la desesperación. Sumergido en un mar de incoherencias, vio pequeños ángeles rodearlo, que no deseaban que cayera en el juego de Mefistófeles, él nunca había sido tan romántico como para creer en esas hojas. Pero sus ojos lo engañan. 
Ella lo miro asustada. “¿Por qué su esposo la llamaba así?”, se preguntó. Se alejó aterrada. Tomó una lámpara para marcar distancia. Sus ojos estaban desencajados, se veía desesperado. 



-¡Llévame hacia ese lugar!- Exigió, los ojos de Fausto estaban completamente desorbitados, esperaba ansioso la respuestas - ¡Te daré lo que sea!
Chocó su cabeza suavemente sobre el pecho de su esposa y rogó, rogó tanta veces como fuera posible. En cada idioma que conocía, aunque fueran dos, él se escuchaba en 15 dialectos distintos. 
Esa voz no dejaba de desconcertarlo. En un ataque de cordura saliendo corriendo del estudios. Su casa estaba completamente sucia, desordenada. Las paredes se hacían más pequeñas. En la cocina un fuego negro comenzaba a arrasar con todo a su paso, salto entre las llamas y logro tomar un cuchillo de cocina, comenzó atacar a los alados.
-¡No juegues conmigo, Mefistófeles!- Grito iracundo, mientras cortaba a los pequeños ángeles que lo rodeaban.
Los cuerpos de los alados se convertían en ciempiés rojos que comenzaban a rodearlos. Los piso sin piedad alguna. Se tiro al suelo y comenzó a matarlos también.
-¡Soy Fausto Reinhardt, el mejor escritor de esta época! ¡No me dejare manipular por alguien como tú!
-Esta vez no, Fausto, esta vez no. Ahora tú me perteneces.- escuchó.
La puerta del hogar del orate escritor fue tumbada por sacerdotes vestido de rojo que se acercaban hacia él y las llamas negras que comenzaban a rodear por completo el lugar.
-¡No creas que será tan fácil!
Con el cuchillo en mano, fue contra los sacerdotes. Sin ni siquiera dudar corto el cuello del primero, salpicando sangre  negra sobre su rostro. El otro sacerdote lo golpeo con el mango del hacha en la cabeza.
-¡Mefistófeles! –Gritó al caer contra el duro piso de su sala. El fuego negro se convertía en fuego de verdad, los ciempiés no eran más gatos destripados que se metían a su casa, los sacerdote eran bomberos…ambas imágenes de lo que veía y lo real se juntaban en su cabeza. Su esposa estaba tendida sobre el piso sobre una sábana de sangre, los ojos desorbitados y el pecho abierto.- ¡Mefistófeles!
Fausto había perdido ante Mefistófeles y no había Margarete que lo salvara. De ese largo mar al que lo mandaban. A ese infierno blanco, donde las llamas eran suaves para evitar que se lastimara y sus brazos habían sido inmovilizados. Custodiado por serafines que lo drogaban para no salir de ese mundo, al que tanto quería ir. Donde él era dios y hacia sus sueños realidad.
-¡Mefistófeles!- Gritó.
-¡Cállate loco! 

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