Demonios internos - Capítulo 19

Yo derroté a un ángel

Me encontraba frente a lo que parecía el final de mi camino. Yo, Diego Nacarino hijo, había llegado hasta la luz y San Pedro me levantaba la mano diciendo: “Hola”, había cometido muchos errores en mi vida pero ninguno como este, de cual era del que más orgulloso me sentía. 
-¿Lizbeth, cierto? – pregunté. Akemi acababa de marcharse en búsqueda de él, su querido. Suspiré, quedábamos dos llaves maestras contra un ángel, no uno cualquiera. 
-Si- respondió ella, su cuerpo era pequeño y se veía frágil. Parecía menor de lo que era.  -¿Diego? – Asentí y ella sonrió - Mucho gusto…
“Jodidamente linda…”, pensé mirándola. El frio del destino recorría nuestros cuerpos, sentía que ella debía estar tan asustada como yo, incluso menos. Kotomi aun gritaba que me largue, era curioso me prometí nunca desobedecerla pero no deseaba cometer los mismos errores que él, mi padre. 
-Diego, vete de una vez –persistía ella, su tono de voz era desesperado. “¿Está preocupada por mí?”, me consulté. 
-Dime chico- dijo Zelig. Su apariencia me recordaba a Kotomi, su cara estaba llena de perfección y sus ojos azules eran tan profundos y misteriosos como el océano.  -¿Por qué estás aquí?
No quería pensar una respuesta. Extrañaba su sonrisa angelical, últimamente solo observaba su rostro lleno de rencor, sus bellas expresiones se veían desgastadas. “Que tan estresada podía estar en ese momento”, me pregunté. Estaba haciendo tnt 
Bryan soltó una pequeña risa, los siervos del demonio Anderson me miraban asombrados, Kotomi seguía con la desesperación en su rostro y mi actual compañera se ajustaba los guantes. “Soy una ángel, no virgen…jiji”, recordé  esas palabras. Solíamos salir mucho juntos. “Hijo eres un bueno para nada”, suspiré. 
Regresaba a mi casa, había sido una tarde pesada.  Bryan insistía en que vaya con Kotomi a rescatar a su demonio, no me importaba. Fui expulsado por quererme ligar a una chica que deseaba que la matara. Llegue pasando unos minutos, no parecía haber nadie.
Me dirigí hacia mi habitación. Mi madre estaba preparando sus cosas para ir a Hong Kong a visitar a mi tía, mientras que papá debería estar fumando por ahí y mi hermana  de seguro con su susodicho novio. Abrí la puerta de mi habitación y maldición estaba en problemas Mi papá con un cigarrillo esperando mi llegada.
-Hubiera preferido que te drogues a esto. – Fue todo lo que dijo. En mi cama había una biblia y un crucifijo. Ambas me las regalo Kotomi hace mucho. 
-Soy una persona religiosa –respondí rápidamente. En realidad no lo era, pero creía en ella. 
-Jajá.- Solo rio, mientras expulsaba el humo. – Claro y el cabello de tu madre son canas en realidad.
-Escuche de un amigo que humillaste a su hija. – Alzó sus manos en posición de combate, mi papá de joven practicaba boxeo.- Estoy interesado en saber de eso hijo. 
-¿Qué?- Quería que luchara con él, no podía patearle el trasero a mi padre, él sonrió. Tal vez era una buena oportunidad para cobrarme viejas riñas. –Tratare de no hacerte mucho daño.
Me descuide y él acertó los dos primeros, un directo y un cruzado, ambos en la cara, caí al suelo. No tenía piedad con su hijo mayor.  Siempre supe que Luna, mi hermana menor era su favorita. No respondí el golpe, me levanté enfurecido y ataque nuevamente, mis puños eran torpes. “Como un viejo se podía mover así”, me pregunté. El aspiro un poco más de humo ignorándome. 
-¿Tienes algún talento?- preguntó con una sonrisa arrogante. – Si lo tienes úsalo. Realmente pensé que peleabas mejor hijo. 
Frunció el ceño y me volvió a golpear.
-Solían decir que era un demonio – dijo cortante – Tenia dos talentos que me convertían en el horror de cualquiera. Estuve a nada de ser la muerte. 
-¿La muerte?
Mis oídos me engañaban. Deseaba no haber escuchado eso. Solo podia pensar en una persona. 
- Yo responderé eso…- una tercera voz, era  femenina. La chica que vi en el bar aquel día que conocí a Kotomi, estaba sentada en mi cama. Carol. – Cada vez que veo tu rostro siento asco. 
-Sí y tu aun tienes tu tremenda bocota –Ella frunció el ceño. – Vamos, era una broma. ¿Cómo esta Gianqui?
-Le estas reduciendo años a tu vida Diego. 
Me costó comprender la explicación de la muerte encarnada. Eran 10 humanos los que se debatieron a muerte el puesto del nuevo ángel del fallecimiento y mi padre era uno de ellos. El tercer lugar y el favorito a ganar. El de Akemi fue el segundo. Ahora entendía aquellas imágenes en mi mente, esos recuerdos ajenos eran ellos. La muerte, Carol, había tenido el capricho de verme pelear contra Akemi, obtener aquel resultado que nunca se vio del enfrentamiento de nuestros padres. 
-Diego…- dijo la chica – Tienes un hijo muy guapo. Es mi tipo.  
Ella desapareció, mi padre se levantó de la cama rascándose la cabeza. Ya se había terminado dos cigarrillos.
-Es conveniente saber que no moriré de cáncer y poder fumar cuando quiera. –dijo alzando los brazos. – ¡Vamos! Ni siquiera yo pude contra un ángel solo. 
Inmediatamente cure mis heridas, él frunció el ceño. Lo ignoré, una vez sano me lancé primero. Padre se cubría muy bien; sin embargo, era un viejo lento. En un descuido patee su pierna izquierda pero apenas se movió, bajé la guardia y me comí todo su puño con la cara. Caí contra la cama, alcé la mirada solo para interceptar otro golpe. “Mierda”, pensé.  
-Cúrate…
Me distraje ante eso pateo mi estómago. Luego me dio otro par de golpes a la cara. 
-Tienes poder….- dijo, ahora parecía molesto.- ¿Sabes que morirás contra una deidad? - asentí, ahora si estaba molesto. – Si ya estas con la idea de morir… te mataré yo. 
Sacó una navaja de su bolsillo. 
-¿Mataras a tu hijo?- No era capaz. 
-No confundas… hasta que llegue Carol, te podré lastimar como no tienes idea–respondió –  Iras a morir hijo mío. Por ende no tienes permiso y dado al caso yo tomare tu vida. 
-¿A qué te refieres?
-Que tu hermana siempre fue mi favorita… Eres un bueno para nada. 
Me paré de la cama y comience a tomar distancia. Un extraño escalofrió recorría mi cuerpo, a pesar de poderme curar, me causaba pavor verlo con aquella navaja. Siempre pensé que tenía un pésimo padre, pero no especulé que tanto. Le tiré un golpe directo, él se agachó. Era mi desdicha ser su hijo, aquel puñal penetro mi cuerpo como el de un pedazo de pan y la sangre brillaba como la mermelada de fresa. 
Mis ojos comenzaron a fallar. Mi mente se perdió por unos segundos, escuchaba voces en mi mente otra vez. Tenía miedo. 
-¿Son dos talentos?—preguntó. 
-Lo averiguaste antes de tiempo –respondió la mujer –Soy Gabi, una demonio, seré tu guía cuando empiece todo.
-Leer mentes y metamorfosis… 
Era mi padre. 
“La vida es un chiste, lástima que solo yo le veo la gracia”, escuché una voz diferente. Intenté pararme. Aquellas imágenes llegaban a mi mente nuevamente. Esa maldita muerte era un dolor de culo. 
-Serás la muerte, no la justicia…
Era el papá de Akemi. 
-Ya lose….
-¿Por qué peleas entonces?- Preguntó.
-Porque quiero patearte el trasero—Ambos sonrieron.
-Jajá, pensaba me que mis chiste eran malos.
Ellos se llevaban bien. Mi cuerpo tambaleaba, no sabía si estaba perdiendo sangre. No sentía nada. 
-Pareces perdido – Pregunto ella, su cabello blanco se balanceaba con el viento. Sus ojos azules como el cielo lo dejaron sin aire, estaba seguro que la vio antes. 
-Sí, no sé dónde tomar el tren hacia Hong Kong –respondió avergonzado.
-Estas de suerte chico – dijo – Vivo hay con mi hermana y tía. 
Tambalee. Estaba frente a él, me sangraba el pecho. 
-Diego…
No lo dude, esta vez ataque con todas mis fuerzas. Recibí varios puños en la cara y otra apuñalada. Era un demonio, ese tipo era un demonio. 
-No necesitas poder celestial para ganar. Solo voluntad…hijo.
Reaccione frente a la belleza de un ángel, a quien amaba.  
Hacia frio, estaba frente a mi destino. Ella no, él sí.  
Esquivada cada ataque con facilidad, Lizbeth tenia ciertos problemas pero también, tardé o temprano se cansaría, o al menos esperaba. Zelig solo estaba jugando, lo había visto hace un momento acabar con los amigos de Akemi en un instante. Los gritos de Kotomi se ahogaban en su desesperación, comencé a ver lágrimas caer de sus mejillas. 
-Diego…
-Yo te protegeré, luchare para ti.- Me saqué la casaca y la navaja que me había apuñalado hace unas horas.- Kotomi… te sacaré de aquí.
-No tendremos oportunidad si no te concentras.- La hermana del demonio también lucia temerosa. 
“Eres mi persona favorita. Por eso te lo daré”, recordé. Aquella llave dorada que ella me entrego estaba dentro de mí. Insertada en mi corazón como lo estaba ella. 
-Me has hecho recordar algo que no deseaba – dije al verlo bajar, este tronaba sus dedos, la verdadera batalla comenzaría.
-Observa como acabo con tu vida, con tus esperanzas y las de los demás. Obsérvame matar a todos.- dijo –Tu inútil muerte condena a todos , destruiré cada parte de tu alma. Nadie recordara tu existencia…
-No me mataras…
Lizbeth cambio a la expresión, para que me toca a mí encontrar una solución. Tristemente nadie tenía algo de sentido común en una situación así. En el momento que él me matara ella aparecería. Ninguno de nosotros correría peligro. Solo podía lastimarnos mucho. 
-Puede que hoy sea mi final…-respondí – Pero, no me mataras… te venceré apenas lo hagas.  
Ataque directamente a él, se defendió con sus brazos. Era más rápido pero se contenía, tenía razón. Por las que cortara no sangraría por más que lo hiriera no sentiría dolor alguno. Era una lucha perdida desde que comenzó. Pero había logrado que me tome enserio. Recibí un par de golpes; sin embargo, no me lastimaba más de lo necesario. 
“Crack”, mi navaja se rompió, sentía como mis músculos se trituraban con sus golpes, cada puño me rompía huesos. Lizbeth notó mi agonía y comenzó atacar su poder era el poder del demonio Balhor, fuego negro del cuarto infierno cubría los brazos de la chica pero no afectaba a Zelig. Este expandió su electricidad yo la resistí pero mi compañera salió lastimada. 
La levanté en mis brazos y retrocedí. Estaba sonrojada. “¿Mamá por qué me hiciste tan guapo?”, me pregunté divertido. A mal tiempo buena cara, decía mi madre. Era ahora yo el ratón indefenso. 
-Creo que soy un estorbo- Susurró.
-Peor es nada –dijo sin pensarlo, y comencé a curarla. Ella me miro con furia. 
Un relámpago se dirigió hacia nosotros, nuevamente la cargué y saqué de ahí, Kotomi me observaba con desprecio, era de suponerse la traicione, el resto lucia preocupados. Me parecía extraño el poco sentido de razón de todos. Es cierto todos le tememos a la muerte.
Ella es guapa, tiene una sonrisa encantadora pero también es engreída y rencorosa. Creo que me hubiera enamorado de ella si la conocía antes que Kotomi o Akemi. 
-¡Bryan dame tu katana!
Mi compañero me la lanzó. Deje a mi compañera en suelo. Me saque el polo y tomé el arma. 
-¿Un duelo estaría bien? Te acabare a tu estilo.
-Me parece bien –respondí, una vez más mi ama gritó, pero no la escuchaba solo sentía el latir de mi corazón, la adrenalina, estaba cerca de la muerte, pero no tenía miedo. Después de todo la muerte era muy linda, quien podría temerle, una luz hizo aparecer una espada dorada. Un arma santa, de los siete arcángeles del cielo.
Dios era un puto discriminador con los ángeles. 
-Esta es…
-¡Cierra el hocico!- Grité corriendo, use toda mi velocidad solo tenía una katana.
Él cerro los ojos en furia y atacó, muestras armas chocaron con un fuerte estruendo mi katana fue destruida apenas toco la hoja santa, que se dirigía hacia mi cuello, me incliné hacia un costado esquivando, concentre mi aura de curación en mi mano estirada. “La espada más fuerte eres tú”, recordé sus palabras antes de irme. “Tú eres tu mejor arma, tu Escalibar”, mi padre era un idiota. Use mi fuerte contra su brazo, no lo corte pero soltó la espada santa que caía clavada en el suelo.
-Esto lo hace mejor –Dijo confiado, mi mano sangraba.
Estaba parado frente a mí. 
-Jajá- Reí, no sentía dolor- ¿Crees que no vive aquí pensando en morir? Yo moriré así no sea por tu mano y ella vendrá. 
La expresión confiada de su rostro cambio. Como a la de un niño que observa el chicote de tres puntos en las manos de su madre furiosa.  Mis heridas se habían abierto nuevamente empezaba a sangrar. 
Mi mente se perdía en la muerte. Entonces, me vi con ellos nuevamente. 
-¿Las siete armas santas?- le consulté. 
-Con una de esas podrías matarlo.- Mi papá tenía los brazos cruzados.
-Necesitas un pergamino de convocación, actualmente están perdidos –Explicó Carol, estaba sentada en mi cama.- Desde la época del chico infernal y la chica celestial. Los pergaminos se perdieron para que no vuelvan a ser usados por humanos. Aunque los consigas, tendrías que pagar la mitad de tu sangre para usarla. Serias más fuerte, más rápido pero tu energía vital como espiritual se iría perdiendo según la uses.
-Entiendo- respondí mientras vendaba mis brazos y pecho, las heridas seguían frescas.- Y tú me llevaras.
-Pues…
-Si morirás- La interrumpió mi papá.  
-Es un dato interesante –comentó una tercera voz -¿Fue Diego el que te hizo eso no cariño?- Esa voz era de madre, estaba en la puerta de la habitación-Diego, no puedes contra tu naturaleza. Me das asco.
-Vamos, tenía que hacerlo- dijo sin importancia.- Cariño.  
-¿Quién diría que ustedes se casarían?- Comentó la muerte mientras sonreía divertida.- La ángel Luna y el demonio Chalo. Me siento vieja y me veo más joven que ustedes. 
-¡Calla! –gritaron mis padres con ceño fruncido.
-Debo irme –dije levantándome –Gracias por todo.
-Si sobrevives –Escuché a papá –Te aumentare la mesada…
-¡Idiota!- Mamá lo golpeo en el estómago. –Suerte…
Salí corriendo de mi casa sin mirar atrás, mis padres. Puede que sea la última vez que los vea, pero ahora yo decido mi destino. Mi voluntad es pelear hasta el final.
Abrí los ojos.
Tomé la espada santa con mi mano derecha, ignore el dolor. Era pesada  sentía su fuerza recorrer mi cuerpo. Después de todo mi corazón estaba bendecido por la llave maestra.
-No deberías poder usarla, ni siquiera poder blandirla – Él estaba furioso. “Ángel estúpido”, me dije. 
-Estas mal de la cabeza…
Esa voz era de Akemi. 
-Jajaja…
Akemi no respondió, sentía el mundo a mis pies, pero moría al mismo tiempo, esta sensación era excitante. Zelig no dudo en atacarme, su puño fue directo a mi cara, sentía todo su poder. Escupí sangre. Blandí la espada contra el cortándole la cara.  Un pequeño riachuelo de sangre baja por su mejilla. 
Lizbeth estaba paralizada observando, Kotomi también había callado, cuando cogí el arma santa gritó: “¡No, no lo hagas!”, no me importaba todos me observan pelear a la par de un ángel. Mi energía se agotaba. 
-Diego, tu estas….- Bryan también estaba sorprendido
-¿Por qué?-Grito Kotomi, Lizbeth también estaba asombrada. Mis vendajes estaban sangrando.
-Mucho duraría la batalla – dije alzando la espada – Te atreviste a golpear y aprisionarla… 
Salté nuevamente con los cortes, era rápido, su brazo sangraba, pero no parecía sorprendido. Mi mano comenzaba a sangrar también, mis heridas me hacían perder demasiada sangre. Este era el límite que cuerpo soportado. Pero mi espíritu no. 
Ya había divertido mucho. 
-Si hubieras estado sano, pudiste haberme ganado- dijo cuándo planeaba córtale un brazo, golpeo mi estómago con relámpago, mi espada cayo clavada, mi brazo derecho con que use la espada santa se quedó inmóvil. La sangre que salía era negra…. Sangre muerta. Estaba podrido por dentro. – Cerca, me has sorprendido bastante, nunca había sido herido antes. Encuentro ese dolor excitante. Ojala peleáramos una vez más, lástima que morirás.
Su mano contraria a la que me tenia del cuello, estaba concentrada de electricidad, relámpagos recorrían en ella.
-Tengo dos brazos….-Mi mano izquierda concentrada con mi aura curativa, golpee en la cara a Zelig, este me bajo. Cogí la espada santa una vez más….Tomé la empuñadura golpeando en el estómago. Salió volando destruyendo algunas paredes.
Estaba cansando, veía con dificultad, la espada santa comenzaba a hacerse más pesada. Destino, destino cruel. Me obligas a defender a quien considere mi rival, traicionar mi promesa y me das  voluntad. No entiendo mi situación.
-Diego… por favor para –Kotomi, esa era su voz. “¿Por qué parecía quebrarse por un traidor como yo?”, siempre quise pensar que tuvo estima. Incluso cuando la vi tirar con ese demonio yo la amaba. 
-Hermano, lo has hecho bien, detente –Bryan, “¿tú también?”, era extraño. Me sentía en Grinch en Navidad. 
Mis pasos eran débiles, mi ropa era blanca apenas llegue, actualmente estaba sucia y ensangrentada.
-Akemi, lamento haberte casi matado.
No sé si me escucho, la vida se me va de las manos.
-Ya te gané. 
-Yo terminaré esto.- Esa era…. Esa voz tierna – Diego, haz hecho mucho, también soy una llave maestra. Puedo usar esa espada igual que tú.
-Es un arma santa, te destruirás a ti misma demonia.-Lizbeth sonrió- Mira quien lo dice. Me toca pelear.
La noche había caído, apenas lo notaba. La luna llena me llamaba esta noche, mi corazón no paraba de vibrar. Soy un hombre muerto, pero si no puedo vencerlo. Que pasara con ellos, quien los defenderá. ¿Quién te cuidara? Pensé mirándola, encadenada, frustrada .Soy tú guardián.
-Ni se te ocurra- Alcé la espada – Mi vida siempre te perteneció Kotomi.-Ella se sonrojo, perdio toda su decisión en ese instante. 
Un relámpago se dirigió hacia nosotros, use la espada para detenerlo y lo vi era el golpeando la espada. No perderé, no perderé.
-Usare todo mi poder –Dijo observando- Te has ganado mi respecto humano, pero este es tu fin.
-Esa es la verdadera forma de un ángel…- Susurré mientras recibía el relámpago que me mandaba lejos de la espalda, mi brazo izquierdo también se tornaba oscuro, derramando sangre negra. No podía moverlos más. Caí al suelo, al frio suelo.
Zelig recogió la espada, observando a Lizbeth, prestar atención a sus relámpagos concentrarse en ella. Iba disparar la espada con todo ese poder, la mataría.
Él ataco, ella cerro los ojos, vi mi vida pasar antes mis ojos. La patee, ella cayó. La espada me atravesó en el pecho y siguió su cruzo. Hasta  clavarse en piso.
Me levanté y saqué la espada de mí. “¿Cómo mierda no moria aun?”, me pregunté. Veía con dificultad, el ángel en todo su esplendor observaba complacido, se acercó a mí.
-Se acabó…. La espada sangrada consumirá tu alma….ni siquiera la llave te puede salvar….-dicho esto me golpeo, salí volando al lado de mi ama, todos observaban caí debajo de ella.
-Diego…- dijo ella, sus ojos  estaban hinchados y rojos, se veía tan humana pero su belleza era indescriptible.- Gracias….
-¡Diego recite ya casi llego, no puedes morir! – Akemi sonaba en mi cabeza.- No vas a morir
-Este es mi destino.
-Puedes cambiarlo –Respondió – No vas morir.
-Este destino es el que escogí, decidí pelear herido, decidí usar la espada santa. Por ella doy mi vida.
La ignore, que mal recuerdo me llevaba de mi ama, concentre mi vida en la palma de mi mano, mi Escalibar, mi mejor espada era yo…..mi cuerpo tambaleaba, Zelig parecía decir “¿Por qué no mueres? “. Tenía mucha voluntad, tanta para no morir aun. Corté la cadena que aprisionaba a mi ama. Ella se liberó asombrada como todos, esa era mi espada, mi escalibur.
-Por fin te gane ángel idiota.- Suspiré.- Ella vendrá a llevarme y será tu fin… Ella es dios y el diablo en la tierra. 
Ya se acabó, este es mi final. Caí al suelo con una herida mortal. Ella lloró tratando de alcanzarme. Si este es mi destino el que escogí.
Siento llegar la oscuridad, muero tranquilo he luchado hasta el final. 
No puedo dar más…



-Es una gran fiesta, ¿Por qué no fui invitada Zelig?- Preguntó Carol, ella estaba aquí. 
-No te lo llevaras – Dijo Kotomi cubriéndome. – No te lo permitiré.
-La muerte es una experiencia inevitable –escuche una pequeña risa de ella. –Zelig tienes mucho que explicar…
-Haz estado molestando mucho a mi hermana, Zelig. 
Él fue lo último que vi. Estaba libre y vivo.
Peor yo fui él que derroto a un ángel. 


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