domingo, 31 de julio de 2016

El mundo, según Lunática - Capitulo 4

Coleccionista de mundos

Era aproximadamente medio día, acabábamos de comer un abundante plato del popular combinado peruano. Una deliciosa miscelánea de tallarines rojos, chanfainita y ceviche acompañados de navegables cantidades de salsa huancaína. Atrapados en un monstro metálico, conocido como el transporte público limeño, que andaba a paso de caracol, nos dirigíamos hacia la diva limeña, Jirón de la Unión. 
-¿Qué haremos allá?- Consulté suspirando. El tráfico era irritante, felizmente no se asomaba el solcito a calentarnos un poquito.
-Conocerás a mis amigos, pasearemos y te enseñare lo más importante de esto.
-¿Cómo huir de los cuervos y no morir en el intento? – Observé el corte de su brazo y contuve la risa. - ¿Andarás drogada en la calle?
-No idiota. 
Ella no toleraba mis continuas burlas por la odisea que habíamos experimentado días atrás. Yo perdido, ella a punto de morir de un paro cardiorrespiratorio y ambos sin saber qué hacer. Felizmente aquel fatídico día termino bien. Nuevamente durante esa noche, en el sofá, la escuche. “Si, ya llegue. Vino conmigo. Te extraño”, suspiré y me acurruqué.  Al menos a mí si me molestaría que mi novia trajera a un extraño a su casa y pasara la noche con él. Pero, para tener una relación con ella me supongo que el tipo también debe estar mal de la cabeza. 
Durante los próximos días antes del anhelado fin de semana. Conversamos sobre las drogas. Practicamos mi entrada al espejo, cuando tiempo podía estar dentro y cuando me tomaba entrar de nuevo. Finalmente comíamos. Un par veces insistí en saber quién era, pero solo me respondía: “Soy Lunática, Lunita para los chicos bien dotados de hermosura”  

Llegamos luego de varios minutos caminando, el sol era escaso y el frio nos bofeteaba las caras. Me frote los ojos antes de avanzar. Para mí todo era oscuridad y sombras que escasamente se meneaban, no debía abrirlos hasta que ella me indicará. Solo intentar no sacarme la mierda, avanzando con mi palito y ella ayudándome. 
Me guio hasta lo que parecía un hotel de mala muerte de 20 monedas locales por tres horas, lo deduje debido al trato que hacía con el dueño. “Tengo de 20, de 30 y 60 con jacuzzi y vino de cortesía”, y los gemidos que adornaban el lugar como una perturbadora sinfonía de película porno. “¿Qué dirá su novio?”, me dije mientras subía las escaleras con su ayuda. 
-No te hagas muchas ilusiones.- Hablo- No puedo andar drogada por la calle. 
Su voz era tajante. 
-Cómo si me interesaras… 
Una vez dentro, ella tomó su minicoctel de pastillas y yo me concentre en verme en el espejo o simplemente abrir los ojos, como prefería llamarlo a la forma dramática de Lunática.  
La habitación no era del todo fea, la cama era amplia, la televisión también y el baño tenia tina, de joven hubiera deseado poder  traer a mis enamoradas a un lugar así; pero, los precios inflados para los menores de edad sin documento nacional de identificación era demasiado para el ahorro de mi pasaje semanal.  
-¿Por qué estas así?- Pregunté, todo el camino se había quejado del frio y apenas usaba una pantaloneta negra y un polo blanco y largo de mangas cero. Su cabello matizado suelto, aretes de estrella y un rostro oscuro que me impedía reconocerla. 
- Tengo ropa para cambiarme. Pensé que saldría el sol.- Se me acercó y me tocó el rostro. A veces pensaba que ella creía que era su hijo. Llevaba cuatros días en Lima y aun no visitaba a mi familia. Por un pequeño instante creí que deberían odiarme por desaparecer tres meses, luego pensé que habría una denuncia por desaparición y Lunática iría presa por secuestro, si me encontraban con ella. – Te mostraré algo que de seguro te encantará.  
Me hizo retroceder hasta caer en el sofá de un solo cojín de la habitación. Se paró frente a mí extendiendo su mano izquierda. Su rostro aún seguía siendo enigmático; entonces, se formó un pequeño mundo resplandeciente en su mano, como algún poder extraño de Dragon ball. Ella sonreía; mientras, yo me quedaba perplejo. Era como una pequeña esfera ovalada, se veía el azul del océano y el verde de la tierra. Como un dibujo del mapamundi, que te enseñaban en las clases de geografía.




-Somos coleccionistas de mundos. Es el principal encanto de este lugar. – Suspiró- Somos dioses, hacemos nuestra voluntad en nuestros diversos mundos. Y son realmente mundos extraordinarios llegaran al  mundo real y muchos desearan vivir en ellos. 
-¿Cómo?
No entendía su concepto, pero quien podría entender algo cuando observabas asombrado como otras esferas la rodeaban. “¿Ella había creado esos tres mundos?”, me pregunté. 
-Gato negro, Star Wars, Harry Potter y la divina comida…- Sonrió fanfarrona-Acompáñame a este mi pequeño mundo.
Me acerque temeroso, ella me pidió que tocara la esfera resplandeciente. Sentía una gran presión, levante mi mano, la cual temblaba como la de algún pobre anciano con Parkinson y finalmente la toque. La luz se expandió por toda la habitación. Jodidas drogas, ya entendía porque ella buscaba no dejar ese lugar, aunque fuera consumida por las sustancias ilícitas. 
-Somos Romeo y Cenicienta. 
Había salido de la habitación sin darme cuenta. El extraño mundo que me mostraba Lunática era insólito. Había una hiena parlante la cual me seguía, ella había desaparecido y no distinguía la realidad y la ficción de ella. El estómago me daba vueltas y las personas que alborotaban las calles me aturdían. Ya debía ser hora punta. 
-¿Estas bien?
De pronto voltee y la hiena acosadora me hablaba. “¿Esto hacen las drogas?”, me pregunté. Y pensar que estaba por pedirle una pastilla a Lunática. Ahora estando completamente sano me hablaba una hiena gorda, vestido de pantalón y camisa. 
-Te vi hace rato entrando a un hotel. No sabía si eras tú pero cuando me di cuenta, estabas con la Grilla. – Me perturbaba como botaba baba en cada silaba y sus colmillos se movían al compás de su risa.- Entonces, me fume mi tronchito y te busque.-Insistió -¿Qué te paso en los ojos? 
-Esa voz… 
-¿Qué pasa?
-Disculpe, Sr.  Hiena gorda, ¿Cuál es su nombre?- Pregunté intrigado. Esa voz bonachona, esa risa escandalosa, ese trasero rechoncho.  Tal vez podría ser…
-¿A quién chucha le dices hiena gorda, huevon? 
No podía parar la euforia, como un niño cruel se burlaba de un amigo que caía por un descuido. La risa me vencía como la gravedad sometía al pobre niño que besaba al suelo de cara y soltaba el par de carcajadas “Jaja”, “Jaja”, las cienes de la hiena se resaltaban de forma tan cómica como en una caricatura. 
-Lo lamento- Sonreí. -¿Cómo has estado, José Manuel?
-¡Yara oh!- Aquel lenguaje universitario me alegraba el día.- Aquí me dicen Joma
Hiena gorda le quedaba mejor.
Llevaba perdido media hora en Jirón de la Unión, la diva limeña de estructuras amarillo resplandeciente y ambiente de antaño, bailaba al ritmo de músicas de todo tipo. Detectaba chicha, rock, salsa entre otras. No la recordaba tan alegre y maravillosa sino más bien sombría y gris en los días invierno como eran estos. 
Diversos autores la describían como la dorada, la gris entre tantas cosas pero en realidad no era un color, era ella. Una dama famosa y concurrida, la verdadera protagonista de la capital. Mis ojos veían a esa dama sonreírme e invitarme a aventurarme en sus plazas. 




-Bien papi. Veo que me ves muy bien.- Ya comenzaba a encontrarle la gracia a los chistes de ciegos.- ¿Qué te paso, papi?, ¿Te la jalaste mucho y te cayó chele en el ojo?
Solté unas cuantas carcajadas juntos a mi viejo amigo, la hiena gorda parlante que estudiaba literatura junto a mí y su patética vida lo había convertido en el antónimo perfecto a que éramos en esos tiempos. Profesor peruano de física de colegio con sueldo mínimo. “Pobre alma desventurada”, pensé. Debia buscar a Lunática o se preocuparía, ya era la segunda vez que me perdía desde que llegamos. 
Recordé un par días atrás, cuando la muy mierda me había dejado completamente solo. Eventualmente llegaría este día, cuando ella me perdiera, siempre fui consciente de ello, pero era demasiado raudo a lo que esperaba. “¿Me estará hablando?”, pensé mientras avanzaba poco a poco. Estaba al lado de la pared en la vereda. “¿Cuánto faltara para la pista?, ¿Quiénes son los cuervos?”, meditaba a pasos cortos. Todo era completamente una oscuridad bulliciosa. 
El irritante sonido del claxon de los medios de transporte público, que se congestionaban en las calles limeñas con frecuencia se hacía más fuerte “Esto no pasaba en Pucusana”, me dije. Eso era una buena señal.  Ya debería encontrarme cerca a aquella academia preuniversitaria a cual curiosamente asistí un par de meses con Galia. Últimamente la recordaba mucho, yo estudia con ella por estos lares. 
-Holi. 
Escuche una voz femenina, la que de pronto me sacaba de mis enigmáticos pensamientos. No sonaba como Lunática, su voz era más leve y chillona; entonces, me tomo del brazo y me acerco a ella.
-¿Lunática? – Debía confirmarlo. 
-No- La escuche aguantarse la risa.- Cuerda. 
-¿En qué parte de Habich me encuentro?- Pregunte. – Necesito llegar a la Universidad Cayetano Heredia. 
-No tienes de que preocuparte, yo te llevare de regreso con tu loca. 
-¿Cómo?
-Solo no me toques el culo aprovechando tu ceguera.
Lunática no sabía controlar su lengua. En el peor de casos perdería mi órganos, pero era peor quedarse donde me encontraba. 
Sonaba muy vulgar para ser una mujer común, pero quien era yo para delimitar el lenguaje de una persona. Acepte resignado, mientras me guiaba de regreso hacia la ratonera de Lunática. Evité responder sus comentarios crueles sobre mi ceguera. “¿Cuántos dedos ves?”, “¿Cuántos culos y tetas has tocado desde que eres ciego?”, “¿Cuándo tienes sexo con alguien imaginas a otra persona?” Odiaba depender de ese tipo de idiotas para moverme. 
-¿Tu sabes sobre eso?- Consulte. 
-Sipi.- Respondió inmediatamente, había notado por la posición de su brazo que era más baja que Lunática. - ¿Santos, de verdad no reconoces mi voz?
-Por favor, ya tengo bastante con una desequilibrada drogadicta que no me quiere decir quién es.  
Era un dolor de cabeza. No entendía por qué pretendían con hacerse los interesantes, me parecía demasiado estúpido ocultar su identidad y si no le decía nada a Lunática era por su continua insistencia y ayuda mientras estábamos en el sur. 
-¿Aun lames culos, hermanito? 
Escuche una risa picara que me trasportaba muchos años atrás. Mi época escolar en esas calles que recorría de regreso, me arrastraba a años atrás. Entonces, pude verla nuevamente. Solo una persona sabe que tenía ese fetiche. 
-Puta madre… ¿Yliana? 
-Sipi. 
Esa pequeña elfa de piel trigueña, flácidos brazos, piernas regordetas y cabello tan frondoso como un arbusto. Era ella con su típica expresión gatuna. Era esa enana vulgar pero guapa a la que le contaba mis experiencias con la esperanza de tirarme alguna vez.  
-Íbamos a salir los tres juntos, pero parece que ella tuvo problemas. 
Aquella charla de antaño tomo varios minutos en lo que llegábamos a la habitación de Lunática. Ella se negó a decirme también quien era la de cabello matizado. La muy perra se había convertido en sexóloga e indirectamente mi interés en tirármela volvía.  Ella y Lunática eran amigas de escuela para mi sorpresa. 
El espejo de la luna era considerado territorio sagrado al cual no deberíamos tener ningún acceso, aun no entendía el por qué. Para variar, nuevamente esa estúpida actitud de hacerse los interesantes, hizo a Yliana decirme: “De eso te enteraras luego” En fin, Lunática debería haberse escapado de los cuervos, quienes eran seres divinos, superiores, ángeles, etcétera. Quienes cuidaban ese lugar.  
Continuamos hablando de ella durante varios minutos más. Lamentablemente mi ser se llenó de pena y un leve punzón me atacaba al corazón. Había cosas de las cuales prefería no enterarme y la sucia boca de Yliana era como la de una víbora venenosa.  Ironías de la vida, Yliana era mormona por ende entraba en esas prisiones tan horribles que se observaban camino al departamento. 
“La cojuda usa éxtasis porque la marihuana ya no hace ningún efecto”, “Empezó a tomar pastillas para dormir porque la tarada casi es violada por andar drogada por la calle”, “Su novio tira rico, me lo folle hace dos meses en una fiesta. Ella estaba drogada y él se veía bien rico”, ese cariño que tenía por Yliana desaparecía entre más hablaba. 
De pronto nos vimos frente a la puerta de su casa. La forma de Yliana, como la veía en el espejo, había cambiado a mis ojos. Tenía expresión de gato y ojos violetas, pero me daba asco. “Ella es una estúpida”, recordé sus palabras con fastidio. Era tal vez que me dolía admitir que literalmente una lunática me arrastro a esto y en realidad era una simple cojuda. 
-¡Santos!- Escuche un grito a mis espaldas. - ¡Gracias por ayudarlo, Picachu!
“¿Picachu?”, me pregunté un tanto perturbado. Ella estaba con marcas en los brazos, se veía agotada y asustada. Yliana le dio un golpe en la cabeza y luego la abrazo. 
-¡Ay Grilla, siempre tan descuidada tú!
Me encontraba actualmente comiendo pizza y café con el buen José Manuel, la hiena gorda aliancista que enseñaba matemática a un grupo desafortunado de niños. 
El pizzero era un extraño malabarista que con maestría y elegancia las preparaba, cocinaba y servía con galanura. El cielo de Jirón, un sábado por la noche era estrellado como el pucusañense pero ligeramente más azulino, adornado de una aurora boreal, cosas que no eran costumbre de ver por aquí.
-¿Papi, estas drogado?- Pregunté.   
-Solo marihuana- Dijo limpiándose la barba llena de la salsa de tomate y orégano. Su tez era morena, su cabello ondulado, alto y gordito. Vestido de camisa y pantalón ajustado en su enorme trasero oscuro. Su principal encanto con las damas, durante el primer año universitario- No te preocupes que camino bien bacán y hasta conduzco mejor que sano. 
Nuestros caminos se separaron terminado el primer año universitario. Yo seguí Derecho, él prefirió irse a los números. Años después, él se casó con su novia de entonces y ahora en nuestro reencuentro me pedía ayuda con su divorcio. Y pensar que yo me quite la vista para no ver quien me dejo y él seguía adelante. Sentía vergüenza de mí mismo. 
-¿Y me harás el feivor, hermanito?  
-¿En qué te puede ayudar un ciego? –Suspire, la cena se me había ido al diablo.
-Eres ciego. No estás en estado vegetal, huevon.- Nuevamente se me escapa la risa, recordé porque me caía tan bien- La desgraciada me quiere quitar mi carro. Y sin Cristina me muero. 
-¿En serio?- Suspire, no recordaba ni siquiera los derechos fundamentales. -¿Qué paso?- Pregunté. 
-Déjame mostrarme… Esta es mi ´Sátira de una tanga´ 
Me vi a mi mismo nuevamente frente a un pequeño mundo resplandeciente. No quería tocarlo, me daba náuseas y la pizza estaba muy buena para vomitarla. Pero, mi compañera hiena insistió y sin más preámbulo me sumergí en aquel universo creado por él. 
Luego de varias risas acompañadas de melancolía, me apenaba un poco la situación de la pobre hiena gorda. Suspiré y acepte ayudarlo, no sabía cómo pero, “No hay peor cosa que la que no se intenta”, recordé con nostalgia a mi madre. 
-¿Y aun tienes su tanga?- Pregunté.




-Si, huevon, le haré la maldición del tramboyo con ella.- Volvimos a reir-Quien como tu huevon, tantos años han pasado y siguen juntos. – Suspiro, mientras caminábamos por la plaza San Martin, entre parejas acarameladas, que aprovechan que el sol se ocultaba para tocar más de lo apropiado -¡Qué lindo su amor, conche su madre!- Exclamó
-¿De qué hablas?- Consulté. 
-Tú y Tancuba. Hace rato andaban paseando cuando te vi. 
-¿Cómo?
Era aproximadamente las siete de la noche, cuando la vimos salir de aquel hotel de mala muerte. Estaba con la mirada perdida y los ojos hinchados. José Manuel me había traído hacia aquí, en que lo que me recuperaba para abrir los ojos nuevamente. El hiena me decía que antes solía ir drogaba por las doradas de la vida; entonces, Grillo le regalo pastillas para dormir. 
Solo podía estar 45 minutos con los ojos abiertos, luego debía descansar al menos un par de horas. Lunática lograba estar tres horas mientras estaba drogada, luego el resto de los efectos la pasaba dormida por las pastillas. Sin embargo, ahora andaba tambaleándose.  
 -Grilla – Saludó, ella se acercó. Me sonrió.
-¿Por qué te paras perdiendo? No tienes idea de cómo me preocupas. – No distinguía si era un reclamo o berrinche.-Ahora me dicen Lunática, Joma- Le sonrió- Sigues siendo un dulce melocotón. 
-¡Vete a la mierda!
Dulce melocotón le decía su esposa, la que tenía fetiches raros como de hacerlo usar tanga a él. 
-¿Qué pasa?- Preguntó ella al verme observarla. Ya no estaba en el espejo pero la veía claramente. Esa imagen daba vueltas en mi mente una y otra vez. 
-Nada, solo te veía. 




Ella en realidad era Galia, Galia Tancuba. Lunática era un viejo fantasma del pasado, uno que no pensaba en volver a ver. 

7 comentarios:

  1. Me mate de la risa en la parte intermedia. La verdad es que al principio me perdí un poco, debe ser porque leo tantas cosas y se me olvida los capítulos anteriores. Sin embargo, lo que más me gustó de este cap fueron las DROGAS y las conversaciones "¿Te la jalaste mucho y te cayó chele en el ojo?" morí con eso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias papu lml ya esta disponible un nuevo capítulo.

      Eliminar
    2. Gracias papu lml ya esta disponible un nuevo capítulo.

      Eliminar
  2. Mames... ya me dejaste con ganas de saber más :v/

    ResponderEliminar