El mundo, según Lunática - Capitulo 1

La boca del diablo.

-¿Vendrías conmigo a Lima? 
La boca del diablo gritaba con fuerza, el fuego rojizo del cielo parecía invitarme a morir. No podía creer lo que veía.  Y frente a ese infierno en la tierra ella me veía fijamente. No cabía duda la locura se contagiaba.
-Yo cuidare de ti.  
“La locura hecha persona”, recuerdo esa frase en la descripción esa foto ridícula de ella con una maleta y riendo a carcajadas, que hacían evidentes sus problemas mentales. Era domingo en la madrugada, mientras estaba recostado en mi cama cuando la vi “Que mal usaba esta la palabra loca”, me dije a mi mismo, sin pensar que yo tenía peores problemas mentales. 
Es una característica peculiar de personas criticar a otros antes de uno mismo, en ese entonces consideraba estúpida a la que se autodenominaba loca, ahora también lo hago con: Las únicas y diferentes. Sin embargo, que tu historial de búsquedas de Google, tenga más información de métodos para quedar ciego, que porno habla muy mal de uno. 
A mis 24 años siento que ya he tenido todo y también lo he perdido. Siento que tal vez tome decisiones apresuradas y muy torpes, como que he pensado demasiado algunas otras. Escogí quemarme los ojos entre tantos métodos, porqué el alcohol era mi buen amigo y arrancarme los ojos me daba miedo.  Y ahora no puedo ir ni al baño sin mi futo palo para tocar donde piso. 
Son las 6 de mañana de un martes veraniego en la playa de Pucusana, la lunática de mi vecina temporal por fin se calló. Ironías de la vida, la arena me irritaba, el agua salada no me gustaba, el calor me sofocaba y odiaba las multitudes, pero no pensé en eso cuando me mude aquí.  
Me froto los ojos, parpadeando un par de veces y todo sigue oscuro. Al menos agradezco no haber tenido los testículos necesarios para haberlos arrancado o pinchado y aun podía sentir algo en esos agujeros. Si estuvieran vacíos algún enfermo violador de ciegos me podría haber metido su pene por ahí. Cosas raras todas en fin. 
-¡Ya está el desayuno!
Y empieza la odisea nuevamente.  La única razón por la que sigo vivo es porque quiero saber cuál será el final de mi historia. La de un idiota enamorado que confió nuevamente en alguien que ya le había fallado antes, un idiota que se quiso arrancar los ojos para no verla nunca más, y ahora es un jodido y repugnante minusválido.
-¡Apura! 
Tome el jodido bastón, palito de ciego o como mierda se llamara y camine hacia la salida de mi habitación.  Eran 14 pasos al frente, tocar la puerta con la mano libre y luego 9 pasos hacia las escaleras.  El primer escalón es el más chico debo pisar de costado para no caer y continuar con los otros 9 escalones.  Finalmente 13 pasos y llegaba a la puerta de calle.  
Mi vida era una mierda, memorizando la cantidad de pasos de mi casa y rutas tanto al mercado como al bar. Me había logrado acostumbrar a esto. A los 23 años me mude de mi casa y desaparecí de la asquerosa, ruidosa, peligrosa, mundana y oscura ciudad limeña. En el Sur, donde mis más bellos recuerdos permanecían, fue a donde escape. 
De la puerta de calle, son dos pasos a la izquierda. Cojo con dificultad la silla, guardo el jodido palo y finalmente me siento. 
-Hoy hay pejerrey arrebozado y café- Escucho al tío Grau, asiento moviendo la cabeza.  Al lado de mi casa había una suerte de restaurante de día y bar para pescadores de noche.  Cuando era niño y venía a las playas del Sur con mis padres, nuestra favorita era Pucusana, un tranquilo y bello pueblo pesquero, carente de muchas cosas como cable, internet, centros comerciales entre otras cosas banales pero, aún más importante carente de maldad.- Aquí tienes sobrino. 
Solía tomar desayuno, almorzar y cenar al lado de casa. El restaurante del tío Grau era lo que mi madre catalogaría como antro de mala muerte pero tenía buena sazón, cubría mis necesidades y era barato. 
Comienzo a buscar en la mesa, mi comida, pierdo la paciencia al no encontrar mi jodido desayuno. Antes de reclamar escucho una pequeña risa irritante. 
-Vete a la mierda. 
-Jaja, ¿Seguro que no ves nada?- Pregunto. 
-Si viera ya te hubiera pateado la cara. 
Me cogió de las manos y una la coloco en el pan y la otra en el aza del café. Suspire y me pregunte “¿Qué hice para merecer esto?”, mordí el pescado con huevo y di un sorbo al café frio. 
-Aquí tienes- Escucho de nuevo al tío Grau – Ustedes dos son una buena pareja. 
Mierda.
-¿Por qué compartes la mesa conmigo?- Pregunto fastidiado- ¿No tienes otro al que joder? 
-Eres muy renegón Santos- Me da respuesta inmediatamente.- Yo pagare. 
-¿Ya me dirás por qué me jodes?- Pregunte, Lunática llego a mi vida un tenebroso y oscuro fin de semana de Febrero. Ese día el sol se ocultó temprano, hacia frio y le pasaron 100 soles falsos al pobre tío Grau. La llame Lunática porque decir loca, en la actualidad es halago y a la chica se le había quemado el coco literalmente. Cuando la escuche por primera vez casi caigo de las escaleras y milagrosamente las ratas de mi casa desaparecieron, supongo que desaparecieron del miedo. -¿Estas ahí?- Suspire. Odiaba a mi vecina.  
- Debes echarle más azúcar al café. Por eso eres tan amargado. 
-Carajo… 
Yo camina por el malecón de Pucusana cuando la conocí, respiraba la brisa marina del pueblo pesquero que golpeaba levemente mi cara, como las caricias de madre a un recién nacido. Nostálgicamente ese día pensaba en mi madre y me preguntaba “¿Qué será de su vida?”, “¿Seguirá viva?”, “¿Seguiré en su testamente o me saco por ser un hijo malagradecido?”.
Lastimosamente su hijo, yo, sufría una adolescencia tardía. Tan tardía que a sus  23 años, dejo su casa, dejo su trabajo, dejo a su familia para hundirse solo en un dolor depresivo y ahora se encontraba solo apartado del bullicio limeño, con el dinero de la que pudo ser su boda, en la casa de las amantes de su primo y sobretodo idiotamente ciego por un amor que no valía la pena y una inmadurez que hacía gala de ficción de Disney. 
Mientras, caminaba contando mis pasos antes de cruzar la pista, cuando me arrebataron el bastón, voltee y me quitaron el sombrero. “¡Que hijos de futa!”, pensé. En mi niñez, estaba bella tierra pesquera se caracterizaba por la paz y falta de maldad. Que idiota yo, para pensar que los tiempos no cambian. Entonces, sentí un beso en la mejilla. 
-¡Guao! ¿De verdad estas ciego?- Escuche esa voz, que odiaría semanas después-  ¿Estas con tus padres?
-¿Quién eres?- Interrogue, no reconocía su voz. ¿Una amiga?, ¿Conocida? , ¿Una prima, tía o familiar?
-¿De verdad no me ves?- Su tono ahora era burlón. Típico limeño, palomilla, el muy vivo. – ¿Qué te paso, Santos? – Me pregunto, ahora parecía sentir pena. Me repugna la compasión. Irónicamente estaba condenado a ella. ¿Por qué mejor no ser sordo? Eso sería más útil.
-¿Quién eres?
-No te diré.   
-¿Por qué? 
-No me caes. 
-¿Eso que tiene que ver?- Cuestione, ella era una idiota. 
Luego de varios minutos de una conversación, con tanto sentido como comer excremento porque parece chocolate y beber orine porque parece limonada. Me devolvió mis cosas, me sorprendió que nadie me ayudara, pues siempre que me iba caer o me iba matar una moto, la pena que producía me salvaba. 
Más tarde ese mismo día, cuando el restaurante se convertía en cantina y los pescadores en compadres de copas.  Regresaba a casa, luego de comprar algunas cosas para subsistir, mi fatídico encuentro con Lunática, horas antes, me había dejado pensando en las cosas que había dejado atrás en esos 4 meses en los que escape.  
-Hola, vecinito. 
Suspire ya reconocía su voz, pero como la idiota que me jodia en la tarde y no como esa persona que me conocía y para mi mala suerte, resultaba ser mi vecina de verano. 
-¿Qué quieres?
-¿Por qué te quedaste ciego?- Pregunto- Recuerdo que veías mucho porno, ¿Te cayo un chorro de leche en los ojos? Pues, quiero chocolate. 
-¡Que mierda tienes!- Grite. 
- Hambre. Dame chocolate. 
Esa noche después de mandarla a la mierda por quinta vez, me eche a dormir cansando. Mi lado machista salía a flote mientras renegaba, “La mente femenina es un fastidio”, pensaba cerrando los ojos. Recordé peleas con mi madre, que alimentaban mi fastidio. “Demasiados estúpidas para tener uso de razón”, a veces yo mismo sentía asco de ese lado de mí. Pero, todo se resumía a una sola palabra. “Kelly”, pensé. “No estoy lista, lo lamento”, recordé sus palabras. 
Entre odio y machismo puro, descanse tranquilamente. Mi parte favorita del día era dormir, cuando dormía podía ver, cuando dormía no odiaba, cuando dormía era varias personas, cuando dormía me sentía Dios, cuando dormía no sentía sed ni hambre, cuando dormía era un héroe, cuando dormida era el hijo perfecto, cuando dormía creía en la paz mundial y sobre todo cuando dormida no la recordaba.   
-La mar estaba serena, serena estaba la mar. 
“¿Qué mierda?”, pensé. ¿Eran las 5 de la madruga? ¿Las 4, tal vez? Esa voz era de ella. ¿Qué clase de loca cantaba en la madrugada? ¿No sabía que Dios perdona el pecado pero, no interrumpir el sueño ajeno? 
Desde entonces, me di cuenta que mi vida pacifica sería un infierno al menos hasta que terminara el verano. Esa loca sería un dolor de cabeza. Pero, no estaba loca. Loca era sinónimo de atrevida hoy en día, ella era una lunática. Y lo peor fue, que le gustaba que le dijera así. Lunática. 
-¡Santos, vamos a la playa!- Esos gritos me sacaban de mis pensamientos y acaban con mi paciencia. ¡Carajo era ciego, no sordo! - ¡Yuhu! – Estaba seguro que estaba moviendo sus manos frente mío o haciéndome caras idiotas- ¡Hay alguien ahí!- Grito en mi oído, no estaba al frente la estúpida. 
-¡Cállate! – Grite. 
-Sobrino, no le grite a su novia. – Escuche al tío Grau- A las mujeres se les respeta.
-¡Futa madre!- Grite. 
¡Ni a mi abuelita le aguantaba que me gritara! Y eso que era graciosa escucharla renegar.  “Futa madre Santos, cuantas futas veces te he dicho que laves tu plato después de comer”, recordé con una sonrisa. Jodida vieja hizo mi infancia divertida. Mi madre había prohibido las malas palabras en casa y a mi abuela le encantaban las lisuras.  Y por joder cambiaba la letra P, por la F. Mi madre renegaba el doble y yo tenía un buen recuerdo. 
-¿También pronuncias mal como tu abuelita?- Me pregunto.
-¿Tu como sabes eso?- Cuestione. -¿Carolina?- Pensé en mi prima.  
-Tío Grau, yo pago hoy- Me ignoro, ¡Que hija de futa!
Era un estúpido juego a mi parecer, ella se negaba a decirme quien era. Tal vez le gustaba que adivinara o simplemente me conocía y me veía la cara de cojudo por eso. Pasaron dos meses para que me arrepintiera lo que hice con mi vida. Deje todo de manera muy estúpida y ahora pagaba los platos rotos. Sabía que llegaría el día que enfrentaría la realidad, pero era estúpidamente injusto que se mudara una conocida mía al lado de mi casa.
Ella pago el desayuno. A pesar de estar invalidado, tenía una buena cantidad de dinero y sobreviviría al menos año y medio, me convenía la caridad de vez en cuando. 
-¿Vamos a la playa?- Pregunto. 
-Planeo dormir todo el día. 
 -Pff.- Suspiro- Al menos déjame acompañarte estoy sola aquí. Prometo no molestarte en 24 horas. Y no cantare mañana temprano. 
-Bueno. 
Era una tentadora propuesta.
Los días que pase con ella, desde su llegada. Mi vida parecía una tortura, todo lo que ella era representaba todas las cosas que he perdido. Él tío Grau me dijo que era pequeña, con eso descartaba la ilusión de que una rubia sexy me acosara. La señora Verónica, la vendedora de chucherías, me comento que su cabello era negro con decoloraciones blancas, cuando la acompañe a hacerse una trenza de hilos de colores. 
Un par de veces me ayudo a cruzar, sentí su piel suave, una extraña electricidad recorrió mi cuerpo. Sentía una extraña familiaridad. ¿Una prima? , ¿Una ex? Definitivamente no era, la que se hacía llamar mi futura esposa. 
Sentía la arena húmeda bajo mis pies de Naplo, la playa, que se hundían al ser tapadas por el mar salado. Se escuchaba el bullicio de niños jugueteando en el agua. El calor era insoportable. Lunática tomaba mi brazo, mientras caminábamos por la orilla.  ¿Qué hora serian?, el sol ardía con fuerza. Tal vez el medio día, solo así calculaba la hora. Cuando frio atacaba era el anochecer, cuando el sol quemaba medio día y cuando la idiota cantaba era de madrugada. 
-Alquilare una sombrilla. 
-¿De la universidad?- Pregunte. 
-Deja eso. Soy tu amiga nada más.
-¿Quieres mi dinero?- Cuestione- No me explico que una loca se interese tanto en un ciego. Sin ningún interés de por medio. 
Sentí un golpe en estómago. “Tenía mucha fuerza la maldita, realmente me había dolido.”, pensé mientras me tomaba por los hombros presionando fuerte.  
-¡Deja de joder!- Reclamo- ¡Parece que solo quieras sacarme de quicio Santos!
“Una cucharada de su propia medicina”, pensé sin evitar sonreír. “¿Galia?”, recordé a una novia de la secundaria, que tenía esos mismos ataques de ira. La recordaba con fastidio, siempre era muy tosca, nada femenina, aniñada y minada. Cada semana a su lado era un martirio.  
-Está bien… - Me resigne.- ¿Galia? – Debía estar seguro. 
-No. – Su voz parecía sombría, no tan chillona como de costumbre. – Me gusta Lunática, es la primera vez que me ponen un apodo que me gusta.  
Pasaron horas de un silencio incomodo, en los que solo cuidaba sus cosas. La brisa marina era refrescante; sin embargo, escuchar los chillidos de limeñitos, que se emocionaban como parvada de palomas por migajas de pan, en la arenas acaban con mi paciencia. “Que rico ver culos bajo sol”, “Me quiero broncear”, “Amá me queme”, entre otros chillidos acaban con mi poca paciencia. 
Ella regresaba húmeda, podía sentir las gotas de mar cayendo sobre mi cabeza. Su pareo estaba colgando sobre la sombrilla donde estaba. No sabía que usaba y mucho menos si realmente era ella. 
-¿No te quieres mojar?
-No.
-¡Vamos!- Insistió, ya me había hecho a la idea de perder siempre contra ella. - ¡Te comprare un helado!
-¿Me has visto cara de mocoso?- Pregunte fastidiado- Para creer que me compraras con un helado. 
-Sera de fresa, sé que es tu favorito. 
-No se puede contigo. 
Me saque el polo y deje el sombrero. Deje también el palito de ciego, ella me tomo del hombro.
-Mmmmm- Voltee a observarla, como si pudiera hacerlo. – Estoy para el otro lado. 
-Ya me tienes cojudo con eso. 
-Esa actitud de patán te quita todo el encanto. 
La acompañe a la orilla. La orilla jalaba con fuerza, las olas parecían ser fuertes. En mis meses viviendo aquí, ni una sola vez vine a la playa. Con el tiempo aprendí a querer y amar el silencio.
-Sumérgete, yo te agarro.  
Los minutos pasaron. Entonces todo se volvió más oscuro. 
Siempre de mocoso subestime al mar, entre más tiempo pasaba las olas eran más fuerte. Tal vez era hora de marea alta. Por un instante creí ver una gran ola. Luego todo era oscuro y mojado. Lo primero que sentí fue el cuerpo de Lunática bajo mis pies revolcándose, luego muchas piedras, raspaban mi pecho y dolía la sal de mar. 
Fueron 4 tal vez 5 las vueltas que nos dieron. Nunca fui bueno nadando, mi estilo de muertito pronto sería una realidad. El agua seguía agitada, me preguntaba como estaría ella. Tal vez sería una buena oportunidad para acabar con mi martirio. Irónico que me arruinara la vida con fuego y la terminara en agua. Suspire mi poco oxígeno, aun no tenía piso pero la corriente se había calmado. 
-¡Santos! ¡Santos!
Escuche los gritos. Justo cuando pensé que me había librado de ella. 
-¡Santos!
Su voz chillona parecía quebrarse como las olas que encontraban el fin explotando en la orilla. Si pudiera ver su rostro de seguro me burlaría. Me levante divertido. Ya me había rendido muy fácil con anterioridad. Saque mi cabeza fuera del agua. 
-Carajo- Me dije- ¿Para dónde nado?- Desventajas de la ceguera. 
-¡Santos!- Una mano me cogió del brazo- ¡Eso es mar a dentro idiota!
-Casi me matas- Dije intentando sacar el agua de mis oídos. No quería perder otro sentido.- Al menos por eso deja los chistes de ciegos. 
-¡Idiota!- Me golpeo de nuevo pero, confirme que no era Galia. Ella hubiera estado llorando en una situación así.- Me preocupaste. 




- Me debes un helado. – La ignore. – Ahora sácame de aquí. 
Ella me tomo del brazo y me ayudo a salir. No volvió hablar en el resto del día. Gracias al cielo, parecería sentirse culpable. 
Más tarde ese día. Andaba solo por el malecón de Pucusana, maldiciendo el olvidarme que el sol quemaba y ahora me ardía el jodido cuerpo. El sonido de las olas y la brisa marina nocturna, eran placer para mi oído y tacto. Amaba la paz nocturna de este lugar. 
Lunática me había dejado hace unas horas. Mi paz volvía y a la vez esfumaba por un estruendo. “¿Truenos en Pucusana? Imposible”, me dije internamente siendo ese extraño sonido. Ya había recorrido esas calles infinitamente cuando niño, y memorice la cantidad de pasos antes de quemarme la vista. Subí por aquella minimontaña. Era el Malecón del Boquerón… 





-La boca del diablo. 
-¿Desde cuanto estas aquí?- Pregunte, era ella. Su voz era inconfundible.
-¿Lo puedes ver?- Evadió la pregunta con otra, su voz era seria, no estaba bromeando- Abre los ojos.  
Me sentí idiota.
La formación rocosa masticaba y escupía agua, el cielo era un rojo escarlata. La realidad se distorsionaba o me había vuelto completamente loco. Pero veía llamaradas en el cielo, gente oscura. 
-¿Vendrías a Lima conmigo? 

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Comentarios

  1. Mira nada más, no sé que acabao de leer pero terminó ntes e que me diera cuenta. Traducción: Me gusta.

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  2. Puse hasta un vídeo de playa para imaginarme mas el ambiente, me agrada que me haya tocado tu novela aunque no se cuanto tardare en terminarla, soy algo perezoso también

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    1. Para que fluya mejor la imaginación. Que bueno que te este gustando.
      Un abrazo!

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  3. Respuestas
    1. Lo lamentable de tener una adolescencia tardía.
      Un abrazo !

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