Saana- Capitulo 1 (La chica de la katana)

La chica de la katana

I

Hoy, sábado de farra, donde ángeles y demonios juegan a las cartas durante la madrugada. Se lanzan las apuestas mientras una llovizna cubre de gris a Lima, la capital peruana, a la que los poetas la llaman como una dama. Donde nada se esperaba lo que estaba por pasar, ni mucho menos del nivel de crueldad de la diversión de los seres superiores.  Un trágico destino, un grupo de miserables y una maldición que los perseguía, se avecinaba en la dama peruana. 
Acababa de cumplir 17 años hace una semana. Era alto para su edad, su tez era clara y con un cabello marrón oscuro, del que parece negro pero los complejos de la juventud, lo obligan a uno a decir, castaño. Molestado por sus hermanos, como el adoptado o el hijo del vecino, Sebastián Gonzales era una persona tranquila, con un corazón roto y ese sentimiento de estupidez que lo obligaba a sentirse el antagonista de su vida. 
Hipócrita, engreído, sabelotodo, eran sus principales virtudes, y como defecto mayor, la ruptura e infidelidad de su novia, lo había convertido en un apasionado del anime. Con amigos, iguales o peores, del mismo gusto, había logrado superarse, pero no dejaba de sentir odio hacia ellos. 
Era una tarde de sábado, en la que Sebastián iba acompañado de sus dos compañeros rumbo a la cuna de la cultura otaku peruana. El centro comercial Arenales Plaza, era el nicho de adolescentes, adultos y niños que amaban el anime y también uno de los reinos más grandes de la piratería peruana. Sebastián suspiro, mientras caminaba al lado de sus amigos. 
José Martínez, llevaba lentes y su cabello parecía viruta- y Sebastián temía insultar a la viruta comparándolo con él-; además, de apodarlo el horrible niño con cara de pez. Por otro lado, Raúl Tello, era el primer asiático moreno que había tenido la suerte de conocer y no podía dejar de tenerlo como amigo. 
 «Oe, mira a esa chica», señalo el niño con cara de pez, observando a una chica bastante insípida, en opinión de Sebastián, con una katana. Ella llevaba el cabello negro y corto, vestía short negro y polo blanco con un gato negro en el medio. Sebastián la inspecciono con la mirada, consideraba raro ver chicas otakus tan agradables a la vista. 
«¿Cuál?», preguntó Sebastián. 
«¿La de la katana?», consultó el asiático moreno. Raúl sintió que la conocía de algún sitio, pero no la distinguía bien por la distancia. «Hmp… creo que estudia con nosotros», agregó. 
«No había visto la katana, pero sí”, afirmó José. 
Pese a que, si le había llamado la atención, decidió adelantarse a la tienda a la cual concurrían. Después de su última experiencia amorosa buscaba ser casi tan asexual como Sasuke Uchiha de Naruto, ejemplo que él mismo uso.
«Creo que está en el 4°», susurró Raúl, pues debía apresurarse, sus amigos ya lo habían abandonado. “Creo que era de la escolta”, se dijo a si mismo, tomando rumbo hacia la tienda. 
Perú destacaba por su comida, su cultura, sus paisajes, pero a estos adolescentes, solo le importaba la piratería. Siendo, su pasión, un gusto ilegal que no llegaba de forma comercial a su país, ellos optaban por ir a este centro comercial especializado en ello. Entraron a la tienda preguntando por la edición 33 de la manga de Gantz. 
El vendedor aprovechando el interés de los jóvenes ofreció venderles una katana, que eran de las más populares durante la temporada de Otaku Fest, para el cual no faltaba mucho. La pieza era una réplica exacta de Benihime de Kisuke Urahara de la serie, Bleach. Entre otra de las características de joven hipócrita de Sebastián, era ser un comprador compulsivo. Ya se había gastado aproximadamente 200 soles en adquirir una colección pirata de manga y anime de Mirai Nikki. 
Por otro lado, Raúl y José comenzaron a buscar mangas, ellos a diferencia de su amigo, buscaban algo que no hayan visto previamente.  Sebastián salió de la tienda notando nuevamente a la chica que de la que sus compañeros comentaban. “¿Tenza Zangetsu? Hmp… Es raro ver una chica en la escuela que sea cosplayer que no tenga un grupo de frikis acompañándola”, pensó. 
«¿A quién miras tanto?», preguntó José, con una bolsa en mano, ya había concluido sus compras. 
 «No es nada», fingió sonreír. “No te importa”, quiso decir. 
«Chicos, ¿vamos a comer?», sugirió Raúl. 
José y Sebastián respondieron a un solo sonido. “Si”.  Llegaron de un polo al otro, decidieron comer en un centro comercial lejano de donde estaban, pero más cerca a sus respectivas casas. Fueron a Plaza Norte, un centro comercial del cono norte de Lima. Pidieron todos hamburguesas de Bembos. Raúl salió a buscar una gaseosa ya que eran muy caras dentro del centro comercial y no por nada le decían el codo, sus amigos. “Pagar 50 céntimos demás. ¡Ni de muerto!”, fue su frase. 
Y en un ataque despiadado y sin pasión alguna, un grupo de papas fritas, servidas en un envase de cartón, fueron devoradas una a una por personas ajenas a las que las habían comprado. Sin poder defenderse, una a una, fueron comidas por Sebastián y José. 
«La chica, ¿es del cole?», preguntó el chico que imitaba a Sasuke Uchiha comiendo una papa frita. Su colega, le lanzó una mirada picarona. «Solo es curiosidad», agregó. 
«Sí, huevon», lo fastidio con una sonrisa bonachona en el rostro. «Solo curiosidad», ironizó.  Tomó un par de papas y con una sonrisa zorruna: «Chino dice que pertenece a la escolta», respondió. 
 «Qué raro, no recuerdo haberla visto en la Expo-ciencia o el desfile escolar», cuestionó Sebastián. Ambos tomaron un par de papas indefensas. 
 «¿Te gusta?», consultó José. Ambos notaron a un pobre Raúl acercándose con una Coca Cola helada en manos. «Ahí viene», dijo soltando a su última víctima. 
Con un delito a medias, un noble amigo timado y un pensamiento, “De seguro es otra chica plástica. Todas las mujeres de mi generación son una sarta de …”, acompañado de una sonrisa se estaba por terminar aquella tarde. 
«Para nada, yo amo a Erza Scarlet.», dijo Sebastián. 
«Hey, ¿y mis papas?», consultó un muy confundido muchacho. «¡Malditos!»
«¡No lo sé!», respondieron sus amigos a un solo sonido, seguido de varias risas. Después de robarle vilmente a Raúl, quien estaba a punto de reclamar la poca cantidad de papas que le dieron. José retomó el tema de la chica, pues era evidente el interés de quien consideraba un gran amigo. 
«Ya, pues ella es Saana Gutiérrez Kojima», explicó chino, como sus amigos lo llamaban, «No la había reconocido, pero estoy seguro que es ella.», agregó. 
«¿La conoces?», preguntó José muy intrigado mientras comían. Sebastián evitaba pensar en ello y solo comía, adoraba las hamburguesas con tocino. 
«Es de 4° “A”, el año pasado marcho en la escolta. Hablamos un par de veces, no le gustaba marchar, pero necesitaba los puntos extra.», expresó. «Hey, tu tienes novia», sentenció. 
 «No la vi a inicios de años, se debió cambiar de colegio.», añadió Sebastián. “Kojima”, se repitió su apellido.  Le atraía la idea de estar con alguna japonesa; sin embargo, estando en su país, consideraba que quizás ella estaba infectada. “Una chica plástica”, era como él definía al tipo de chicas fáciles.  
«Dicen a que a inicios de año tuvo un accidente automovilismo, pero parece que ya se.», reconoció. Raúlo, quien era parte de la escolta de su escuela, notó el interés de su amiga y en una mirada cómplice con José. «Parece una historia de anime, ¿no?», agregó. 
«Es raro ver una chica cosplay en la escuela. Por lo general, todos son pandilleros. Y bueno, nosotros, los ñoños.», concluyó Sebastián. «Su segundo apellido es japones, creo que ya debe haber estado con alguien, al menos por curiosidad.»
 «Vamos amiguito, admítelo.», susurró José. La idea de un Sebastián superado, le fascinaba. Su amigo era histérico y mala onda, pero desde su penosa ruptura, lo era mucho más. Algunas veces, incluso sombrío.  “Algún día vendrá al cole con una ametralladora y nos matará a todos”, se decía a si mismo en broma. 
“Deberías preocuparte más en tu novia aburrida de ti. O, quizás, en el imbécil de 4° que quiere quitártela.”, quiso responder. Pero, se contuvo. Sabia que José no tenia la culpa que su cerebro no funcionará bien y en tiempos en los que los amigos escaseaban, era mejor callar.  Optó por sacar su katana de la funda, esa compra había sido una ganga, y apaciguar los comentarios sobre Gutiérrez Kojima.  
«Parece la Benihime original», sorprendió a sus compañeros han sacarla. La hoja de la espada japonesa, era metal real. La mayoría de imitaciones, del mencionado centro comercial, eran hechas completamente de madera. Los jóvenes considerando que era negligente vender un arma semireal a menores de edad, pero no podían quejarse. Era espectacular. 
«Es una excelente copia», agregó José con algo de envidia. La tomo en sus manos y la observo detenidamente y era hermosa. «¿No se habrá confundido el tío y nos vendió una de verdad?»
«Igual es mía ahora.», respondió Sebastián. Y de un trago, con aquella pobre hamburguesa, terminó. 

II

La noche caía rápidamente, mientras que Sebastián se sentaba en su computadora a ver algunos animes esperando que llegue su hermano para cenar.
“Que aburrida es esta vida, estoy harto de estar rodeado de tantos bobos, harto de ser alguien que no soy.”, dramatizó mentalmente. “¿Por qué todos están tan podridos?”, se dijo observando fotos de su aula. Era cierto, él era un ñoño en un colegio de delincuentes, pero antes de eso, él era alguien.  Un deportista destacado, alguien con un sueño.  Ahora, había perdido por completo la habilidad de socializar con otras personas. Durante dos años de su vida, él solo conversaba con ella y todo lo que hacía era para ella. Y ella le arrebato eso, eso que se lamentaba. 
A los minutos, Adrián, su hermano llegaba. En cuestión de minutos, la cena estaba lista. Sus padres se encontraban de viaje, ellos vivían solos desde hace unos días.
La noche era fría pero linda, las luces adornan una Lima dorada, que brilla luego de ser tan gris. Así como la tormenta deja un bello arcoíris en el cielo, aquí deja un bello oro. Un oro que solo pocos pueden apreciar. Esa noche, Sebastián al ver por su ventana lo noto. La bella noche dorada. Quizás, algo estaba por cambiar, para bien o para mal. 

III

El domingo, conocido como el día muerto, pasaba rápidamente. Sebastián dramatizaba sobre su monótona vida y lo nauseabundo que eran los demás. Camino al psicólogo, pues tenía una cita, observaba las calles y pensaba.  Cuando era más joven, actualmente él tenia 16, solía caminar más. Muchas veces las distancias eran impensables. Luego de la lesión que le había costado su carrera deportiva y la traición que le arrebato el corazón, asistía a terapia mensual y ese día tenía que asistir. 
Sin embargo, su rabieta emocional se convirtió en sorpresa. El medico al que acudía, no estaba presente. En su lugar, estaba un señor de mediana estatura, de corte, porte y apariencia militar. Con una mirada fuerte, como un padre enojado a punto de gritarte por romper un jarrón.  La apariencia de aquella persona eran imponente, sus ojos destellaban un carácter duro y fuerte. 
 «¿Quién es usted?», preguntó sin vacilar. 
 «Buenas tardes», recalcó. «Soy el Dr. Demetrio Vegas Cárdenas, soy el nuevo Psicólogo de esta clínica. El Dr. Salinas esta de licencia.», explicó el medico de apariencia militar. 
«Si bueno, terminemos con esto rápido», respondió. Era un malcriado de primera y se sentía orgulloso de eso. 
«¿Cuál es tu nombre?», preguntó el especialista. Reviso algunos papeles de la historia de clínica del muchacho.
«Gonzales Valdivia, Sebastián»
«Severo caso de narcicismo, depresión e inmadurez», comentó Demetrio. Sebastián reaccionó chasqueando la lengua. «Quizás, solo sea engreimiento.», sonrió con arrogancia, el psicólogo era consciente que lo empezaba a fastidiar. 
«¡Que te importa!», respondió. 
Demetrio sonrió nuevamente. “Este chico es un caso”, se rio internamente. Conversaron por una hora, quizás, la mitad de tres horas. Y al final de la charla, ya parecían llevarse mejor. 
«Siempre he estado solo y prefiero seguir así», Sebastián se levantó del asiento al observar que el tiempo había terminado. El adolescente tenia talento para el arte dramático y su nuevo psicólogo, daba fe de ello.  “Ni una esposa engañada con tres mujeres distintas se victimiza tanto como este muchacho”, se dijo Demetrio. 
«No tienes que estar solo, hay personas que les gustaría conocerte en verdad», comentó, parándose también. «Quizás, deberías retomar el wushu o intentar incursionar en la actuación.», añadió.
Sebastián salió del consultorio. A diferencia del Dr. Salinas, Vegas era más divertido, aunque sentía que no lo tomaba en serio. Consideraba ofensivo cada que le sugería estudiar arte dramático. Dejo escapar un suspiro, y camino hacia la sala de espera, donde estaba su hermano. 
Por otro lado, Demetrio en su consultorio, observaba nuevamente la historia clínica de Sebastián. “Él es el más me recuerda a ti, Micaela”, se dijo mirando al techo. Blanco y puro, un desperdicio de pintura, quizás. “Nosotros no éramos tan jóvenes cuando nos tocó pasar por esto”, concluyó.
 «Sera divertido.» 

IV

De vuelta a clases, el lunes era odiado por grandes y pequeños, la frustración de volver a la rutina era dolor latente en cada ser humano.  Las clases de Sebastián eran aburridas, como todas las que consideraría un adolescente como él.  “Una aventura”, se dijo, escuchando brevemente la historia de Ulises, quien era Odiseo, pero él no entendía y pensaba que alguien había plagiado la Odisea.  El tiempo corrió, aunque los alumnos lo sintieran como un santiamén. 
A los segundos, la campana sonó y el recreo o descanso, ya había comenzado. Fueron unas tres o cuatro horas más de clase, que se fueron como si de segundos se tratará y la ultima campana anunciaba la salida. 
 «Estabas demorando.», dijo José junto a Raúl, esperando a su amigo, Sebastián, en la puerta de la escuela. 
«Sí, bueno. ¿Vamos?», respondió. 
A pesar de vivir más lejos que ambos, Sebastián se tomaba la molestia de irse caminando con ellos. Así pasaban el tiempo conversando, riendo, a veces quejándose, pero era agradable para los tres, aunque solo cómodo para quienes vivían cerca. 
«Lo siento hoy están solo chicos, tengo algo que hacer.», se despidió José. Él iba irse junto a su novia, Susan, con quien llevaba una relación de más de 10 meses. Ella era apodada por Sebastián y Raúl, como la Yoko Ono de su escuela. 
Un par de suspiros luego, que los enamorados se marcharan. Los jóvenes restantes siguieron con su camino. Conversando de animes o videojuegos, en lo que Sebastián era muy malo, compartían risas. El camino era largo, principalmente para estudiante con talento para el arte dramático. 
 «Oye Sebas, no has pensando que ya deberías buscar pareja…»
Luego de unos segundos de incomodidad, el mencionado alzó con la mirada y con una sonrisa.
«Entre más lo pienso más me desanimo.», atinó a decir. «No quiero que se repita lo de Carol.», agregó.
La mencionada, era el terror de todo adolescente. Aquella que podía hacer que el estomago saltara y subiera hacia la garganta, amenazando con salir disparado por la boca. Ella era su exnovia. Su relación había sido una montaña rusa con caída al abismo, una infidelidad marco la mente del joven, luego de enterarse por propia boca de ella, lo sucedido. Ella era un año mayor y ya había terminado la escuela, a él aun le faltaba un año, pero gracias esa relación se había vuelto eterno el tiempo en esa prisión que le recordaba a ella. 
«Jaja, cuidado que te cambien los gustos», bromeó.  El chino sabio que ese tema era delicado, aunque agradecía que su amistad con Sebastián empezó gracias a ello, era evidente que su amigo aun sentía dolor. “Una pena…”, se dijo recordando esa escena bochornosa, fuera de la escuela, en la que Sebastián la gritaba y ella solo asentía. 
 «Nunca.», respondió. 
Entonces, la vio. Estaba parada frente a la pista, al medio de ella. “Es como si fuera una película”, se dijo viéndola. El viento corría fuerte, casi no podía ver su rostro, pero sin dudar sabía que era ella. Raramente, no había nadie más cerca solo ella y solo él. Como si se tratara de un trance, no podía dejar de verla. Raúl parloteaba a su lado, sin obtener respuesta, pero el solo pensaba en ver su rostro. Y el viento, amablemente, y como si sonriera, se lo concedió. 
Su rostro era fino, delicado, parecía una niña de siete años. Su cabello se movía, era rebelde. Siempre había deseado una vida de aventuras, como los veía en los animes o en las caricaturas y esa sola escena. Esos escasos cinco segundos, los cuales sentía eterno, había cumplido su sueño.  
Bajo la mirada satisfecho. Era todo lo que necesitaba, aquella chica era una desconocida, si, pero en un instante lo saco de la monotonía y realmente se sintió muy feliz. Sin embargo, la velocidad se transformó en desesperación.


«¡Muévete, estúpida!», gritó. La luz había cambiado y ella seguía ahí. “Si, una aventura”, se dijo corriendo hacia ella. Nunca sabes en qué momento será en el que hagas alguna estupidez que te pueda salir caro, pero él culpaba a Goku, al power ranger rojo, a los jedi de Star Wars y a todas esas cosas que lo hicieron desear ser un héroe. 
La chica se asustó al ver a un chico corriéndose a ella. Alzó la mirada y notó a un auto yendo hacia a ella, se quedó helada por unos segundos. El tiempo era un hijo de perra, que se congelaba en los momentos menos esperados y cuando realmente se le necesita, era un rayo. Al abrir sus ojos, se sintió adolorida. 
Su pierna estaba raspada, y se encontraba sobre alguien. Le dedicó unos segundos al rostro de su salvador. La multitud no tardo en juntarse a su alrededor. Ella estaba sobre él, quien tenia más heridas, sobretodo en el brazo.   
«¡Mierda, no te enseñaron a cruzar la pista!», gritó Sebastián. La ira lo corrompía. Olvido ese instante paz que tuvo y el dolor lo provocaba a odiarla. Su brazo sangraba y le dolía la cabeza. 
Las señoras chismosas, se acercaban e intentaban ayudarlos con comentarios negativos sobre la conducción en Perú y pésima organización de la alcaldía. 



 «Gracias…», dijo su suave voz.  
“¿Gracias?, mínimo una foto calata deberías darme.”, se dijo Sebastián, tirando hacia un lado para levantarse, su mirada transmitía la ira de un ogro o un demonio. Raúl corrió hacia él y lo ayudó. Si bien sus heridas no eran graves, el dolor era inevitable. 
«Eso estuvo cerca, ten más cuidado cuando cruces la calle», comentó Raúl, le tendió una mano. Y aquella jovencita se puso de pie, frente a la multitud. “Eso le debería decir yo, maldito aprovechador”, se dijo Sebastián. Estaba molesto, incluso la belleza de aquella mucha fue efímera. La ira la hacia lucia como cualquier chica común. 
Aquella chica, le dio la mano y se inclinó hacia él. 
 «Muchas gracias…», dijo levantando la mirada. Su mirada era verde como las esmeraldas. Ella notó el fastidio evidente en su salvador, se sintió mal. «Lo siento, ¿te duele mucho? Puedo acompañarte al hospital», sugirió. «Mi nombre es Saana.»,
«No fue nada.», respondió. 
«Pues, yo soy Raúl Tello del Aula PRE», indicó el chino. En el Reino de los Cielos, a los de 5° años los dividían en secciones “A”, “B” y “PRE”, en la última iban los alumnos con notas destacadas para una preparación más rigurosa. Sebastián era del aula “A”. 
«Un gusto», respondió Saana. «¿Cuál es el nombre de mi héroe?», consultó mirando a Sebastián. Él sentía que la odiaba, pero la mirada acusadora de Raúl, no le permitía ignorarla. El tono suave de la joven, lo hacia sentir que traba como una niña de cinco años y eso le daba aun más ira. Se dio la vuelta, para irse antes que el escándalo empeorara. 
«Sebastián Gonzales, 5° “A”», señaló. 
«Mucho gusto, espero poder pagarte algún día lo que has hecho por mí hoy, de verdad, gracias», agradeció. «Muchas gracias, Sebastián», agregó, sin previo aviso. Lo abrazo. «Gracias…»  
«Fue un gusto. Raúl te dejo aquí, tengo que irme», anuncio, haciendo a la chica a un lado. Tomó su mochila y se marchó. “¿Un abrazo?, mínimo debería acostarse conmigo”, se dijo refunfuñando. 
«¿Estarás bien?», consultó Saana, mientras él se alejaba, dejándola con su amigo. «El tipo del auto, ni siquiera detuvo el auto.», agregó fastidiada al ver las heridas en el brazo de su salvador.
«¿Vives cerca de aquí?», cuestionó Raúl. 
«Sí, muchas gracias por todo», concluyó ella, marchándose también. Sus raspones no eran nada que una farmacia no pudiera solucionar. 

V

Esa noche había sido un caos. Su ira había sido aplacada por los llamados de atención de su hermano. Esa noche también era dorada, y le estaba sonriendo. Aunque Sebastian no prestará atención, su deseo parecía cumplirse. 
 «¿Qué le diré a mi vieja cuando llegue?, ¿por qué se te ocurrió ser un héroe?», reclamó Adrián. Sebastián era su responsabilidad, mientras sus padres no estuvieran. 
«Llegan aun el domingo, para eso estaré bien», respondió; sin embargo, era consciente que no seria así. 
«Mínimo, ¿te dio su número?», consultó el hermano mayor, bajando el tono de su voz. 
«¿Para?», repreguntó. 
«No pareces hermano mío», concluyó el donjuán de la familia González. 


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Comentarios

  1. Como estaba del que escribió a lunática. Esta interesante, bien hecho.

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  2. Ese men (sebas) me recuerda a Hachiman, pero quizás con un ego muy alto

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